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Nepal: La voz de la montaña

Foto: Guillermo Gutierrez
Por:
Texto: Mariana Mota
Foto: Guillermo Gutierrez 

Decides irte. Emprendes uno de los viajes más importantes, de esos que te marcan la vida para siempre: completamente solo y sin nada más que una mochila al hombro. Una certeza te ronda, como si fuera una sutil voz que te habla al oído: la montaña. Será la montaña el escenario para tu historia.

Aterrizas en el caos de la India y te estableces ahí un par de semanas. Te irás aclimatando al cambio gracias a esa realidad tan distinta en la que ahora te encuentras. Llegas a Lumbini, ese místico y espiritual sitio que vio nacer a Buda. La experiencia continúa manifestándose en términos de tamaño y grandeza: has dejado atrás lo general para irte adentrando a lo particular: mientras más delimitado está tu destino, mayor es el viaje hacia tu interior.

Caminas, observas, conoces. Sin darte cuenta, te vas haciendo uno más de esos lugareños que te han recibido con su mejor semblante. Te hospedas con ellos, caminas con ellos, te conectas con ellos. Celebras a su lado el Holi con instrumentos musicales que no estabas acostumbrado a ver. Tu cuerpo está de fiesta y tu alma empieza a estarlo; vas entendiendo la importancia que tenía emprender este viaje en soledad, pues te descubres motivado a buscar cercanía con la gente. Los niños te invitan a jugar futbol, hombres y mujeres te permiten participar de su cotidianidad, y lo hacen en el único lenguaje que comparten contigo y que les permite entenderse bien: el del espíritu, representado por sonrisas y gestos.

Te despides de Ellos y llegas a Katmandú: ciudad cuya aparente fragilidad no se derrumba. Estás ante un lugar polvoriento, milenario, sencillo, sagrado y lleno de ruinas que después de un terrible terremoto parecía que no iba a sobrevivir, pero ahí está: a punto de caerse y paradójicamente en pie. Percibes la magia cuando ante tanta aparente carencia, descubres la felicidad en la gente. Katmandú es la personificación de un caos que es capaz de abrumarte y succionarte.

Defines todo Nepal como música, olores que estallan al mismo tiempo en tu nariz, caminos de tierra sin forma, templos sagrados. Resguardas la identidad de cada lugar como postales que te muestran la primera señal de prestidigitación: personajes sencillos que conocen la felicidad en medio de la carencia.

Después de tanto polvo citadino, sabes que llegó la hora. El viaje comienza en una diminuta avioneta a la que, nada más de verla, te aterra subirte. Desafías tu primer gran miedo y llegas al aeropuerto de Lukla, en donde te despides de una de tus primeras necesidades: la señal de tu teléfono. Dices adiós a cualquier forma de comunicación con tu mundo. Estás a punto de entrar en la vida más austera que jamás habías experimentado.

Durante las siguientes semanas, tu rutina será la misma y te sentirás atrapado en un ciclo interminable. Te levantarás a las siete de la mañana, desayunarás en un comedor rodeado de desconocidos, emprenderán la caminata juntos, pero solos. Llevarás contigo una mochila, una libreta y tu fiel cámara que intentará resguardar tus pasos y tus escenarios. Pero seguirás solo. Te preguntarás por qué estás ahí, cómo decidiste entrar en esa nada en la que el todo son bosques, agua, verdor. Reconocerás la belleza, pero te parecerá que trece días en ese ciclo podrían ser una locura.

Pasadas siete horas de caminata, llegarás al Tea House más cercano. Y apenas serán las dos de la tarde y querrás claudicar cuando pienses que durante las próximas seis horas el único plan es contigo mismo. Te preguntarás qué hacer para matar el tiempo. Y lees, y duermes siestas prolongadas, y escribes mucho, y caminas más y más. Entonces las preguntas regresarán: ¿en dónde está la gran metáfora?, ¿para qué emprendiste ese viaje? Pero los días seguirán avanzando dentro del ciclo. Y ahí estás sumergido todavía, y la meta aún es lejana.

Y después de ver pasar los minutos y sentirlos como vidas largas, regresarás al Tea House para cenar con los otros. Y habrá quien cocine para todos en la chimenea de acero. Y la chimenea será ese lugar acogedor y calientito que necesitabas después de tanto abandono. Y platicarás con ellos, y los escucharás hablar, y en retrospectiva te darás cuenta de que has hecho más cosas de las que imaginabas.

Sigues avanzando, pero te das cuenta de que el paisaje es otro: se fueron el verde y el bosque para dejar venir el hielo y el desierto. El silencio te obliga seguir pensando; no te has desconectado de tu mente. Te vas enfrentando a tu primera transformación: el tiempo. Ese tiempo que parecía lento y eterno, ahora te parece insuficiente, porque la idea de que no había nada que hacer ahora es distinta: tienes mucho que pensar, mucho que cambiar, mucho que analizar. El tiempo y la montaña. Es ella, esa montaña que te invitó, la que te está obligando a experimentar este cambio interno. Es ella el objeto que está transformando al personaje de esta historia.

Cada paso que das es el recordatorio de que el tiempo avanza y se agota. Empiezas a hacer consciencia de la cualidad efímera de este periplo y valoras todo de una forma distinta. El suelo es más simbólico, las piedras son trascendentales, el viento es una voz que te habla, el cielo y la montaña son tu búsqueda. El tiempo avanza y tú ya no quieres que se acabe, ya eres parte del paisaje.

De pronto, lo natural se fusiona con lo humano y de esa mezcla resulta lo espiritual: monjes en monasterios situados en lo alto de la montaña, como si supieran que allá arriba se hospeda el espíritu. Rezan con palabras que no distingues, pero que te tocan profundamente, hasta que te sientes pleno y agradecido. Los ves en su santuario sagrado y los admiras, pero tu admiración crece cuando los ves jugar futbol allá abajo, en un lugar común. Juegan, se divierten, son ellos mismos; también tú participas en el juego. Es tu retorno al lugar del que vienes y que te ha invitado a que te reconectes con él y contigo. El frío es cada vez más intenso, pero reina la paz y sin más preámbulos lo entiendes: esto no son vacaciones, es tu retorno al lugar del que vienes y que te invita a que te reconectes con él y contigo; te lo dicen el cielo estrellado, la calma de la noche.

Estás a punto de llegar a la meta. Caminas más y te llega una frase como revelación: Subir a la cumbre no es lo importante. La sonrisa de la niña cuando te regaló un Namaste. La música oriunda que el guía iba reproduciendo. La ausencia de carreteras y luces artificiales. Tus pensamientos, tu deseo de respuestas, tus ganas de reiniciar tu vida desde la simpleza. Ahí estuvo siempre la meta como un estereotipo que ahora tiene sentido completo. Es la montaña quien te lo dice y entiendes que fue ella la que te invitó a la travesía.

Estás a 5600 metros de altura, frente a las montañas del Himalaya, y esperas ver el amanecer. Deseas quedarte para contemplar la belleza y atesorarla, pero tu cuerpo se congela; te das cuenta de que es la montaña quien impuso las reglas. El frío es la voz que adoptó para darte su mensaje: esto es todo, puedes irte, lo has conseguido. Pensar en el regreso hace que el paisaje se transforme. Volverás por un camino distinto al que te trajo hasta aquí y debes despedirte. Las montañas quedan detrás de ti y tú debes avanzar hacia adelante.

Te sorprende descubrir que bajar es más cansado que subir, aunque sabes que quizás el agotamiento es interno. Otra vez el aeropuerto, la terrorífica avioneta; pero tú eres otro, uno al que le incomoda el elevador, el agua caliente, la señal en tu celular. Todo parece ser un lujo que no rechazas, pero que valoras.

El viaje ha llegado a su fin y tú te ves reviviéndolo desde casa. Todo ha sido largo, cansado, duro. Agradeces haberlo experimentado, aunque estás convencido de que no es una experiencia que debas repetir jamás. Pero después de un tiempo considerable, cuando tomas distancia real, la montaña provoca en ti un efecto secundario: irremediablemente deseas volver, porque, aunque el recorrido será el mismo, las preguntas serán nuevas. Es la montaña que te invita otra vez.

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