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5 días tomando fotos por NY

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Como preludio a nuestro viaje a Islandia, @imjustafox y yo decidimos pasar unos días en Nueva York. Lo que más hicimos fue caminar durante el día y sufrir los pies durante la noche. He aquí una breve crónica, con mención honorífica a mis lugares favoritos.

Portada NY

El Vuelo

4 am. Uber de madrugada al Aeropuerto Internacional de México, Terminal 2. Llegamos un poco tarde (yo evidentemente estresado por los tiempos apretados), así que nos mandaron al “Priority Check-In” de Aeroméxico.

– Pase a hacer la fila por favor señor.

– Pero ya son casi las 5. Le grité histérico a la amable asistente.

Después de depositar las maletas, nos dirigimos hacia la revisión de seguridad (casi siempre me toca doble revisión, no sé si sea porque tengo cara de maleante o porque estoy muy guapo y les gusta manosearme). En fin, un café chico de Starbucks y luego a la sala 68 para iniciar el abordaje.

Ya en el avión, vuelo AM408 de Aeroméxico, me ajusté el cinturón, obscurecí las ventanas para que la luz no me molestara, conecté el iPhone a la corriente eléctrica, y antes de despegar yo ya estaba en un letargo profundo sueño (del cual solo volvería a la vida para desayunar). Destino final: Nueva York.

Vuelo

Día 1

Aterrizaje en el Aeropuerto Internacional #JFK. Sorprendentemente el umbral migratorio estuvo tranquilo y sin contratiempos.

¿A qué se dedica? Me preguntó el policía. Y es una pregunta que aún no sé responder con elocuencia (¿escritor? ¿fotógrafo? ¿ambos?).

Tomamos un taxi con una tarifa fija desde el aeropuerto (habría pedido un uber pero no tenía datos) y nos llevó a Roosevelt Island, un pedazo de tierra flotante, habitacional, entre la isla de Manhattan y Long Island (Queens). Aquí nos quedaríamos los siguientes días, en casa de mi mejor amiga Prisca y de su esposo Robert.

Después de instalarnos en el departamento nos dirigimos al metro y compramos una 7-day unlimited Ride MetroCard, con viajes ilimitados por 7 días por $31 dólares (recomendado si te quedarás alrededor de una semana por aquí).

Tomamos la línea F (que al parecer te lleva a todas partes) y nos bajamos en la 63 street. Caminamos hasta el inmenso Central Park, donde tomamos algunas fotos, y luego a a la esquina de la quinta avenida con la 48 donde trabaja Prisca, justo enfrente del Rockefeller Centre, pasando por las vitrinas de las tiendas y marcas más lujosas del mundo. Después de una pizza buffalo y unas copas de Malbec, en uno de los tantísimos bares y restaurantes de Midtown East, volvimos a la isla en el Roosevelt Island Tramway, que te lleva por los aires desde el Upper East Side de Manhattan hasta la Roosevelt Island, y viceversa.

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– Pues unas chelas, ¿no?. Y entonces nos compramos unas tradicionales Brooklyn Lager en el supermercado.

Día 2

Mientras Arturo se bañaba, me fui a correr alrededor de la Roosevelt Island, que a pesar de ser muy pequeña, cuenta con varios puntos muy atractivos. Corriendo en sentido anti horario, al sur está el Four Freedoms Park, al norte, The Lighthouse Park, y al este y oeste, hay hermosas vistas panorámicas de Manhattan y Queens respectivamente.

Desayuno rápido en el departamento; Honey Smacks (que al parecer ya los descontinuaron en México). Tomamos el tramway nuevamente y caminamos alrededor de 20 cuadras por gran parte del Upper East Side hasta el grandioso The Metropolitan Museum of Art. La admisión a este museo es de $25 dólares, sin embargo es un aportación sugerida, no obligatoria: Arturo dio $10 y yo $5.

– Los pobres también requerimos de cultura.

Recorrimos las salas de arte Egipcio y Americano en el primer piso, zigzagueando entre perfectas esculturas y bustos humanos. Después subimos las escaleras rumbo a la sala de Arte Moderno y contemporáneo, donde nos topamos con un ejemplar de Rothko, uno de Moderwell y otro de Jackson Pollock. Arturo se quedó contemplándolo, catatónico, porque era uno de sus mayores sueños hechos realidad (creo que hasta pude ver las lágrimas en sus ojos).

Después de eso, mi parte favorita, la sección de pintura y escultura europeas del siglo XVIII y XIX: Monet, Modigliani, Picasso, Van Gogh, Degas y Rodin (yo también quería llorar a un cierto punto). Estuvimos alrededor de tres horas en el museo, y nos faltaron varias secciones importantes. Para una total inmersión en esta colección artística se necesita un día entero, por lo menos.

Retomamos la línea F (downtown) y nos bajamos en Washington Square Park para encontrarnos con otra gran amiga, Liz Sherman, justo debajo del monumental arco romano, donde había dos saxofonistas tocando un jazz improvisado a manera de duelo.

Con ella dimos la vuelta a Greenwich Village, un vecindario muy reconocido por su naturaleza bohemia y LGBT. Nos sentamos a tomar un café en el Stumptown Coffee Roasters, y después recorrimos sus calles hasta que un atardecer de tonos viola, dio la bienvenida a una nueva noche neoyorquina.

– New York me está gustando más de lo que creía. Me dijo Arturo, mientras yo me cabeceaba de sueño en el metro de regreso al departamento.

Esa noche, antes de dormir, Arturo, Prisca, Robert y yo tomamos nuestras primeras fotos con larga exposición. La intención era practicar este tipo de disparos nocturnos para aprender a cazar estelas boreales en Islandia.

– Nada mal para nuestro primer experimento. Le dije a mi primo muy emocionado mientras desmontaba el tripié de la cámara.

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Día 3

Tomamos el metro directo a Soho (la línea F resultó mágica y nos llevaba a todos nuestros destinos elegidos). Nos sentamos a desayunar (muy sanamente) en la banca de un pequeño parque, dos rebanadas de pizza Joey’s y un refresco de lata por $2.99.

Después comenzamos a caminar rumbo al sur con dirección a Tribeca a lo largo de la Hudson Street. Aquí se camina viendo siempre hacia arriba para admirar los imponentes edificios otrora industriales, ahora convertidos en exclusivos “lofts” habitacionales.

– ¿Te imaginas vivir aquí primo?

– No le pide nada a nuestro departamentito en la Narvarte (ciudad de México).

– Ajá sí, cómo no.

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Pasando por los edificios más emblemáticos de esta zona, arribamos involuntariamente a Ground Zero (donde se encontraban las Torres Gemelas antes del atentado del 2001). Para ser honestos, estábamos más interesados en el controvertido Oculus del reconocido arquitecto español Calatrava que en el nuevo World Trade Center y que en el Memorial. Sin embargo, es imposible no asombrarse con la magnitud de las dos fuentes cuadrangulares, que rinden tributo a las víctimas de 9/11.

De ahí, de vuelta a Soho por West Broadway. Este vecindario cuenta con muchas galerías de arte y boutiques; además de esas hermosas fachadas de colores sobrios, con las escaleras de emergencia externas, distinguibles en la fachada, como elemento representativo de todos los edificios neoyorquinos.

En la calle Sullivan, nos sentamos en una preciosa cafetería llamada Once Upon a Tart (está bien cool el nombre ¿no?) Ordenamos dos cafés americanos y un hojaldre de chocolate delicioso.

– Este café está buenísimo. Le dije a Arturo deleitado.

– Pues más les vale. Respondió. Costó como diez mil dólares jajaja.

Después de nuestra dulce pausa, asistimos a un coworking space cerca de ahí a las oficinas de Visit.org para platicar de futuros proyectos juntos. Ellos apoyan a muchas non profit alrededor del mundo fomentando los viajes responsables con el entorno y las comunidades locales.

Ya en la noche, nos lanzamos al Lower East Side y antes de irnos por unos tragos coquetos pasamos a comernos unos típicos Corn Dogs en el Papaya Dog.

– ¿Me da otro por favor?

El Fat Cat es un bar sumamente neoyorquino (casi no hay turistas) con mesas de billar, ping pong, otro extraño juego de discos sobre una mesa, y música en vivo. La cerveza es buena, una Lager, Aile o Pilsner (más tradicional) porque esas con retrogusto de naranja y frutas no me gusta.

Terminamos la noche en un bar cerca de la New York University (NYU) y a una cuadra del Washington Square Park, donde un banda de negros súper talentosos, Li’Nards Many Moods, nos regaló una noche fenomenal de Funk. La gente de repente se subía al escenario a bailar: una cougar cumpleañera, un viejito rabo verde con sus dos jovencitas, y mucho personaje colorido.

Día 4

Línea 6 Uptown hasta la Calle 96 (como yendo hacia el MET). Nos encontramos con mi amigo Robbie y nos adentramos nuevamente en Central Park, esta vez a la altura del inmenso Lago Central, que poca semanas antes había estado congelado por el invierno implacable.

– Los cerezos florecerán la próxima semana. Es todo un evento neoyorquino. nos dijo Robbie mientras nos acercábamos a Bethesda Terrace.

Salimos del parque y tomamos nuevamente el metro, esta vez con dirección al Lincoln Center justo al lado de Juilliard School (la célebre escuela de música). Aquí suelen tener lugar algunos de los mejores conciertos de la ciudad. Visita la cartelera.

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Estábamos famélicos, así que pasamos a un Papaya King, por un par de hot dogs como provisiones, para continuar la jornada.

Decidimos seguir nuestro camino a pie hasta el vecindario de Chelsea, y subiendo unas escaleras arribamos al concurrido High Line (les recomiendo venir a comer a Chelsea Market los domingos). Caminamos a lo largo de esas vías que han sido restauradas para convertirlas en un extenso paseo peatonal, hasta llegar a la zona antigua de Meatpacking (donde antes existían múltiples almacenes de carga y descarga de carne). Justo en esta zona acaban de inaugurar el precioso Whitney Museum of American Art, que será uno de los que visitemos a nuestro regreso en tres semanas.

Atravesamos West Village, haciendo una parada estratégica en Union Square, y terminamos sentados en una pequeña plaza a admirar de frente el icónico flaco de hierro, el Flat Iron, uno de los primeros rascacielos de la ciudad de principios del siglo XX.

A las 6pm nos vimos con Robert en el lobby del One Grand Central Place, nos dieron nuestras tarjetas de visitantes, y tomamos juntos el lujoso elevador dorado hasta el piso 53. Desde la ventana del baño de hombres, se tiene una vista increíble de la ciudad. Fue en ese momento que entendí que la mejor vista panorámica de New York no es desde la cúspide del Empire State o desde el mirador del Rockefeller Center. Los mejores atardeceres se contemplan desde esa ventana, junto a ese escusado,en el piso 53 de ese edificio.

Terminamos el día yendo a cenar al East Village, donde hay cientos de restaurantes internacionales. Haile se especializa en comida etíope, y lo interesante es que aquí se come el pollo, las verduras y la carne con las manos, acompañado de algo parecido a una crepa, y maridado con un vino blanco de la casa con sabor a miel.

– Estoy cansado, yo invito el Taxi de regreso a la casa. Nos dijo Robert, a beneplácito de todos los presentes.

Día 5

Después de correr con Roberto y Prisca alrededor de Roosevelt Island, desayunamos los cuatro en el departamento antes de partir a Brooklyn.

Llegamos directamente al triángulo Dumbo, que se ha convertido en los últimos años en una zona de startups, principalmente en el sector tecnológico. Caminamos a la orilla del East River en un inédito fragmento entre el Puente Manhattan y el Puente Brooklyn, donde mucha gente aprovechó del buen día para organizar picnics colectivos, y después entre las calles y los negocios, cuya característica principal es utilizar productos  e ingredientes locales.

– Tengo hambre. Los cuatro ladramos al unísono.

Como por inercia sobrenatural arribamos al Shake Shack (ya recomendado previamente por varios amigos que sabían de mi visita a NY). Hicimos la larga fila y esperamos unos 15 minutos para poder tomar una mesa. Sin embargo, toda esa espera valió mucho la pena: esa Smoke Shake con tocino, papas fritas y una cerveza de barril rebasó las expectativas.

– ¡Qué delicia!. Pensaba, mientras 10 mamás chinas con sus respectivos 10 niñitos chinos platicaban y reían en la mesa de junto en un lenguaje incomprensible para mí.

Terminando de comer, nos formamos para abordar un ferry que te lleva al hipstersísimo Williamsburg. Cuesta tan solo un dólar y se pueden tomar buenas fotos desde la borda, si no tienes tendencias al mareo. En el muelle nos esperaba otra amiga, Kay.

Lo primero que hicimos fue entrar en el Flea Market o Mercado de Pulgas (donde no compramos nada, obviamente). Los tres hombres nos sentamos a esperar, mientras mis dos amigas cuchicheaban entre abrigos de piel, adornos para el hogar y joyería, diseñada por gente de Brooklyn .

Posteriormente caminamos a lo largo de la Bedford Avenue, una de las más reconocidas de este barrio, admirando en cada esquina el street art impregnado en las paredes por grandes artistas como Jorit Agoch. En Williamsburg se siente una atmósfera completamente diferente a otras partes de la ciudad, es melancólico pero a la vez muy avant-guard. Tomarse un café aquí es casi una obligación.

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De tanto caminar, se nos antojó una cerveza y fue entonces que nos dirigimos hasta la Brooklyn Brewery, donde a parte de vender chelas al por mayor, ofrecen tours guiados para aprender sobre los procesos de preparación y envasado de la cerveza. Aquí también tuvimos que esperar unos 20 minutos para poder entrar,

– Hoy hicimos fila para todo. Dijo Prisca resignada.

Una vez en el interior, bebimos con gran variedad: Brown Ale, American Ale, lagers y hasta la Lord Sorachi, con aromas frutales de Lemongrass y Verbena (no soy muy fan, tengo que admitirlo).

Ya picados, volvimos a la casa a cenar algo, aplicar el pre copeo, y por ahí de las 11 nos fuimos Prisca, Kay y yo a uno de los tantos bares gay de Greenwich Village: el Monster. Y así, entre strippers, vestidas y un poco de todo pasamos una noche increíble hasta las 5.30 de la mañana.

El domingo fue de cruda y el lunes tempestivo. Ahora, mi primo y yo estamos en Islandia, pero volveremos a New York en tres semanas para ir los lugares que aún nos faltan por visitar (¿qué nos recomiendan). No se pierdan la segunda parte de este artículo.

 

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