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3 días en Las Vegas (sin apostar)

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La semana pasada me fui a Las Vegas con tres amigos instagrameros. Les sorprenderá saber que no apostamos ni pasamos tiempo en los adictivos casinos ni en las irresistibles slot machines. Las Vegas, es más que eso, cuenta con algunos de los mejores restaurantes del mundo, fantásticos espectáculos nocturnos y un extraordinario patrimonio natural circundante.

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Esta es la crónica de mis tres fabulosos días en “La Ciudad del Pecado” (¿así le dicen no?):

Día 1

Como siempre llegué con tres horas de anticipación al aeropuerto internacional de la Ciudad de México (soy como una señora preocupona). Esta vez el destino era vuelo directo a Las Vegas. Check-in en el escritorio de Volaris y luego a encontrarme con mis compañeros de aventura: Paco, Vicky y Grace.

Cuatro horas de viaje placentero que distribuí equitativamente entre dormir y tomarle fotos a los pasajeros inconscientes que dormían con sus asientos súper reclinados.

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Una camioneta rentada nos llevó al Hotel ARIA Resort & Casino. Check-in rápido en el lobby y directo a la habitación a dejar las maletas. En cuanto entré a mi recámara, el sistema automatizado abrió las cortinas dejando entrever la ciudad de Las Vegas desde 15 pisos de altura.

– ¡Qué maravilla! no puedo esperar. Pensé.

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Bajé corriendo para encontrarme con los demás e ir a comer. Estábamos famélicos.

– Disculpen la tardanza, pero me perdí en los elevadores.

Llegamos en Uber al Venetian (esta es quizá la mejor forma de trasladarse en la ciudad cuando caminar resulta imposiblemente lejano). Este hotel temático es “grandissimo” (valga el italianismo) y reproduce fielmente la Serenissima Venezia.

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Lunch en el Yardbird Southern Table & Bar. Aquí la especialidad es la gallina con waffles y sandía (lo sé, suena raro pero sabe delicioso, ya que al parecer la gallina tiene una vida muy feliz antes de cocinarla), y los cocteles, como el fresco Blackberry Bourbon Lemonade que ordené.

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Después nos fuimos al típico paseo en Góndola, donde nuestra “Gondoliere” remó y cantó intensamente, durante todo el recorrido.

Salimos del Venetian y caminamos hasta The High Roller en The Linq, una rueda de la fortuna panorámica donde te subes, para admirar la ciudad desde lo alto, mientras te sirven tragos sin parar. De hecho hay “barra libre” durante los 30 minutos del recorrido.

– All you can drink. Me dijeron, y pues yo aproveché.

– Un “Long Island” para mí, y 3 “Vegas Sunset” para mis amigos.

Les recomiendo subir al momento del atardecer, el cielo de Las Vegas se pinta de un rosa celeste fantástico, casi idílico, imposible de olvidar.

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Cuando nos bajamos, nos dirigimos al espectáculo Le Rêve, un show acróbata- circense donde las maniobras, giros y plataformas en la piscina son alucinantes, pero un poco caótico y sin mucho sentido. Es entretenido, pero no es el mejor show de la ciudad.

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Para acabar la jornada, cenamos en el restaurante Andrea’s en Wynn las Vegas Resort. Ante nuestra indecisión, el atento mesero nos sugirió traer una selección de platillos escogidos por el Chef mismo, en su mayoría compuesta por pescado y mariscos. Fue aquí también que se nos unió nuestro amigo Charlez, y quien nos acompañaría por el resto del viaje.

Tras la cena marina exquisita (y abundante) nos dió “mal del cerdo” (food coma) a todos y decidimos abortar la misión de salir, para irnos directo al hotel a dormir.

Día 2

Alarma a las 10 am, y baño (no hay nada como una regadera en la que te sale el agua caliente de inmediato y a máxima presión de catarata).

Uber al Centro de la Ciudad, el subestimado Vegas Downtown.

Brunch en el restaurante Perch, dentro del Container Park. Unos platillos al centro de la mesa para compartir, un crujiente salmón a la parrilla, un fresco juguito de naranja y un café americano del día.

Aprovechando que estábamos en el centro fuimos al Museo de los Neones, un cementerio de espectaculares, marquesinas y letreros, y demás vestigios, otrora iluminados, ahora apagados y oxidados, que sirven para conocer un poco más sobre la historia de Las Vegas: casinos, moteles, gasolineras, restaurantes, que solían existir y que fueron íconos de esta capital a lo largo del siglo XX. Un museo muy particular, que vale mucho la pena visitar, sobre todo porque cuenta con una guía turística que narra las diferentes historias de los neones, su gloria y su decadencia.

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Al terminar la visita guiada, volvimos a la celebérrima Fremont Street para improvisar, en sus alrededores y calles contiguas, un tour de murales y street art. Esta parte de la ciudad es una galería urbana que concentra el trabajo de artistas reconocidos a nivel internacional como el estadounidense Zio Ziegler, o el mexicano Edgar Saner.

Y de repente, lo inesperado. En un lugar climatológicamente desértico como Las Vegas, comenzó a llover.

– It never rains (nunca llueve). Nos dijo el chofer del Uber, sorprendido, mientras nos llevaba al hotel para refugiarnos del mal tiempo.

La lluvia duró un par de horas que aprovechamos para descansar y tomar una siesta en el hotel. Un segundo baño para espabilar completamente.

Ya bien reposados, nos reunimos fuera de los elevadores y tomamos el moderno Tram que nos llevaría a las instalaciones del lujoso Bellagio Hotel & Casino. En los micrófonos se escuchaba “Con te partirò” de Andrea Bocelli, mientras los chorros de agua de colores de las famosas fuentes del Bellagio, danzaban frenéticamente en el aire.

Al finalizar el show, fuimos a conocer el Jardín Botánico, cuya decoración, en esta temporada, está inspirada en el año nuevo chino. Lo que más me llamó la atención fue el surrealismo del lugar, como los monos salvajes colgados de duraznos gigantes, o los globos de cantoya que simulaban medusas de fuego en un bosque encantado.

Ya a estas alturas teníamos hambre, así que optamos por consentir el apetito y cenar en el Harvest del Bellagio.

Unas almejas frescas para empezar, seguidas del exquisito pescado del día, todo acompañado de un vino tinto californiano demencial, y al final decidí ignorar el carrito de los postres para no abusar.

– No thanks! me dirigí al mesero con un terrible acento, algo parecido al de Sofía Vergara o al de Salma Hayek.

El vino enfiestó el ambiente, y quisimos ir a conocer el Skyfall Lounge en el Mandalay Bay Resort & Casino. Un bar en la cima del majestuoso hotel, con una de las vistas más espectaculares de la ciudad. Aquí entre drinks y champagne, brindamos por la oportunidad de hacer este viaje fantástico juntos. Pero aquí no acaba la noche.

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Paco, Charlez y yo, decidimos entonces irnos al Centro al Bar The Atomic a continuar con las andanzas nocturnas, y terminaríamos en el Piranha Nightclub, bailando entre strippers, hombres y mujeres, y con show de drag queens. Yo que por fortuna contaba con billetes de un dólar, me entretuve colocándole las propinas a los bailarines y bailarinas en el resorte de la ropa interior.

Regresamos al hotel a las 4 am.

Día 3

9am. Llegada al helipuerto de Maverick Helicopters.

Yo iba con ese martilleo cerebral y un poco de náusea tan característico de la cruda apocalíptica post-borrachera. Pero bueno,

– Time to fly.

Nuestro piloto Daniel, originario de Salt Lake City, nos recibió muy gentilmente y se dirigió a nosotros con una mezcla lingüística de español, nada mal, e inglés.

Acomodados todos en el mismo helicóptero, emprendimos el vuelo hacia el Gran Cañón: un paisaje árido se conjugaba con un cielo azul perfecto. Vimos pasar bajo nuestros pies la alucinante presa Hoover y su laguna artificial cristalina que reflejaba el cielo y las nubes de manera idílica. El serpenteo del Río Colorado partiendo en dos las montañas y la meseta del mismo nombre.

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Aterrizamos en un peñasco, donde permanecimos alrededor de media hora tomando fotos y comiendo bocadillos pre-fabricados. Volvimos a elevarnos y nos detendríamos una vez más a cargar combustible.

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La vista aérea es una experiencia sublime; era casi poético admirar aquellas rocallosas de millones de años, casi tan viejas como el planeta mismo, mientras escuchábamos música dramática de Tchaikovsky, Wagner y Strauss.

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Cuando nos bajamos finalmente del helicóptero estuve a punto de besar el piso en actitud papal (nota mental, nunca más subirme a un helicóptero estando crudo).

De camino al hotel, nos detuvimos en la famosísima Welcome to Las Vegas Sign, ese letrero omnipresente en las películas que se filman en esta ciudad. Yo pensé que era enorme y majestuoso, pero en realidad es un letrero, muy pequeño y poco relevante.

En el hotel comimos en uno de sus restaurantes, Javier’s. Fue una grata sorpresa descubrir que muchos de los platillos eran de origen mexicano. Para botanear nos dieron totopos con salsa roja y un plata desbordado de guacamole. De plato fuerte, unas deliciosas enchiladas de langosta, camarones y pescado maridadas con el vino tinto de la casa.

Después de otra rápida siesta, salimos a caminar y a tomar fotos a lo largo de Las Vegas Strip, colmada de hoteles de lujo, casinos infinitos y centros comerciales.

Después del atardecer, nos reunimos todos en Chandelier Bar dentro del Cosmopolitan para tomarnos unos tragos, y después nos fuimos al restaurante musical Rose.Rabbit.Lie.

Mientras disfrutábamos de un festín con varios platillos típicos del lugar, huevos cocidos con trufa, gratín de papa, diminutas coles de bruselas glaseadas, carne, pollo y pasta con champiñones, el ambiente acústico se lo alternaban, un grupo fenomenal de jazz estilo aristogatos, una cantante que me recordaba a Aretha Franklin, y una sexy cantante que se deshacía sobre el pianoforte como Jessica Rabbit.

– ¿Qué hora es? Ya nos tenemos que ir. ¡Corran!

Por supuesto que no nos podíamos ir de Las Vegas sin ir a un concierto, y el elegido para esta ocasión especial fue el estreno del show “All I Have” de Jennifer López.

Atravesamos el casino del Planet Hollywood Resort & Casino a paso veloz, pasamos la escueta seguridad, y nos posicionamos, con mucha emoción en nuestros lugares, hasta adelante, junto al lustroso escenario.

Como era la premiere del show de J. Lo, había muchas celebridades presentes; tan solo detrás de nosotros estaban Kelly Osbourne, Rebel Wilson (“Fat” Amy) y Justin Bieber.

El show está lleno de intrigantes luces, bailarines excepcionales y por supuesto todos los grandes éxitos de Jennifer López. Al final, hasta Pitbull, Mr. Worldwide, salió súbitamente como un topo del escenario, y rappeó un poco, o eso raro que él hace.

#JLo

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Al terminar el concierto, alrededor de media noche, todos estábamos fundidos, así que regresamos al hotel a dormir profundamente.

Día 4

Día de volver a casa. Me levanté a hacer maletas, bañarme con calma. Bajé a desayunar al hotel, check-out en la recepción y me reuní nuevamente con Paco, Vicky y Grace para tomar juntos la camioneta que nos llevaría al aeropuerto internacional de Las Vegas, McCarran.

Mientras esperábamos en la sala de abordar, decidimos juntar todos nuestros billetes de dólar y jugarlos en las slot machines, al fin y al cabo no lo habíamos hecho en los días anteriores. Con el último billete le pegué al par de cerezas y me gané $11.50 dólares, que al cambio actual con respecto al peso mexicano, no eran nada despreciables.

Llamado final al vuelo de Volaris. Ahora sí opté por abrocharme el cinturón de seguridad, asegurar la mesita y aletargar con el respaldo inclinado y las piernas estiradas como un muerto viviente. No desperté hasta que las llantas del avión impactaron el pavimento del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

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