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Viajar corriendo: Argentina de norte a sur, y de regreso

Cuando decidí hacer un viaje a Sudamérica, no podía suspender mi entrenamiento, así que me fui a Argentina con todo mi equipo para correr: mi par de tenis viejos, mis shorts hasta la rodilla, nada de cacheteros, y dos playeras anti sudoríparas.

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El año pasado descubrí que correr puede ser un modo sano, barato y sustentable de explorar nuevos lugares. Cuando decidí hacer un viaje a Sudamérica, no podía suspender mi entrenamiento, así que me fui a Argentina con todo mi equipo para correr: mi par de tenis viejos, mis shorts hasta la rodilla, nada de cacheteros, y dos playeras anti sudoríparas.

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En cada ciudad que visité corrí por los lugares más recomendados por mis amigos argentinos. Para empezar, el parque Sarmiento de Córdoba, y luego  la misión fallida de correr hasta el estadio Kempes por el Río Suquía, donde la motivación fue correr por mi vida, ante la incipiente criminalidad de la zona. Trés días después, por el boulevard del Río Paraná en Rosario, desde el Monumento a la Bandera hasta el Puente Rosario-Victoria, ida y vuelta, ¡terminé corriendo 33 kilómetros! y conociendo, en una sola jornada, casi toda la ciudad santafecina.

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En Buenos Aires arranqué por la Avenida Corrientes a la altura del Parque Centenario, para atravesar por el obelisco y el teatro Colón de la 9 de Julio; pasé por el lujoso Puerto Madero, donde viven los ricos nuevos, la reserva ecológica Costanera y topé de frente con el inmenso Río de la Plata. Otro día me perdí y afortunadamente, con la brújula descompuesta, fui a dar al barrio cultural Recoleta por Avenida del Libertador.

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Cuando volé hacia el sur de Argentina, me advirtieron del inclemente clima polar, así que me compré un traje térmico para correr: negro universo y completamente adherido al cuerpo, que me hacía ver como un león marino de pie. Ya en Ushuaia corrí por el paseo costero mientras veía a los barcos pesqueros perderse en el horizonte antártico.

En el Calafate improvisé un medio maratón, desde el hostal hasta la Bahía Redonda de los flamingos rosas -como los amaneceres australes. En Bariloche lo dí todo por el centro histórico y luego con dirección al Cerro Campanario, pero una tormenta soberbia -tenía que ser argentina “ché”- me impidió llegar hasta mi destino.

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En Mendoza como prefacio de una noche embriagante de Malbec y Carmenere, me aventuré veloz al Parque general San Martín; y finalmente en Salta corrí hasta la cima del cerro San Bernardo, mientras los demás turistas me miraban estupefactos, con las bocas dislocadas, desde lo alto del teleférico colgante.

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Y así de Salta tomé una avión a las Cataratas de Iguazú para después atravesarme a Brasil. Extrañaría Argentina pero llevaba conmigo un aprendizaje trascendental: correr para conocer, correr para estar bien, correr para explorar.

¡Llévense sus tenis la próxima vez que viajen! y visiten el blog: http://therunningalmanac.com/

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Miriam

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