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Sudamérica en el corazón

Antes de salir de la universidad, siendo estudiante de la licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad de Guadalajara, no contaba con la idea de que un viaje hacia el sur de nuestro continente me cambiaría la visión y la forma de pensar de lo que es la vida.

 

“Porque en realidad nuestro norte es el sur.
 No debe haber norte para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur.
 Esta rectificación era necesaria; por esto ahora sabemos donde estamos.”

 

Por:  Sergio Ávalos.

 

Antes de salir de la universidad, siendo estudiante de la licenciatura en Relaciones Internacionales de la Universidad de Guadalajara, no contaba con la idea de que un viaje hacia el sur de nuestro continente me cambiaría la visión y la forma de pensar de lo que es la vida, mucho menos imaginarme que Sudamérica me llenaría tanto el espíritu y el corazón.

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Todo comienza con una invitación del IX Congreso Latinoamericana de Humanidades, Ciencia, Educación y Cultura, para ser ponente de mi tema de investigación en la Universidad de la Amazonía Peruana; siendo aprobado mi proyecto para dicha universidad, empaqué mis maletas sin esperar que un país tan mágico y humano me esperaría con los brazos abiertos, y no sólo un país, sino toda una región.

Ese 5 de abril de 2010, con apenas 22 años, aterricé por primera vez en el hemisferio sur del planeta, en la ciudad de Lima, donde me dirigí hacia la amazonia peruana, a la ciudad más grande del mundo sin ser conectada vía terrestre por otra ciudad: Iquitos. Bien dice la canción oficial de la ciudad: “Al bajar del avión, sientes que el corazón te late más fuerte y como el aguardiente te abraza el calor”, esta ciudad me abrazó desde el momento en que su gente me recibió; cada rincón de su selva amazónica, el río más largo y caudaloso del mundo, me dejó boquiabierto, con una sensación de no poder describir la magnitud de su belleza, al igual que su gente, quienes siempre te saludan con una sonrisa.

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Me voy de Iquitos rumbo a Lima y para, posteriormente, dirigirme a Cusco, donde me encontré por primera vez con el aire de aquellas montañas que tanto me atraparon para siempre: la cordillera de los Andes, tanto que tienen por contar, tanto misticismo y cultura que alberga en sus 7,240 km de longitud.

Al bajar a la antigua capital inca se siente una sensación especial, nunca antes lo había sentido, me quedé atrapado al apreciar tanta belleza, sobretodo en ese primer atardecer que disfruté tomando un té de coca.

Al dirigirme a aquellos senderos andinos, me di cuenta que no había visto nada en toda mi vida, hasta en ese momento, ¡Dios mío, he visto todo!, pensé.

Estar a 4,000 metros sobre el nivel del mar, estar sobre las nubes, frente a frente con aquellos vigilantes milenarios te hacen pensar que el recorrido de una vida no basta para conocer todos los misterios del universo, haciendo que la filosofía humana sea tan basta y fascinante.

A la falta de aliento, subiendo por las escaleras incas, me encuentro con un paisaje que me hizo olvidar todo, no se encontraba nadie más, solamente la pachamama, la madre tierra, Dios y yo; admirando la ciudadela de Machu Picchu, pensando, reflexionando, ¿cómo es que esta ciudad fue abandonada si los conquistadores españoles jamás llegaron? ¿qué tanto valor histórico, espiritual y astronómico falta por ser descubierto?

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De regreso, pude observar y disfrutar del mejor atardecer de mi vida; ver los diferentes colores, sin contaminación lumínica, atmosférica, nada que interrumpiera el espectáculo, saturno brillaba en su máximo esplendor sobre la cordillera.

Al caminar por la antigua capital inca, me encuentro con personas que tienen una historia que contar, un recuerdo, una experiencia de vida, una lección. Recorrer sus calles es conocer la historia, su pasado tan rico y con un futuro brillante; conociendo nuevos amigos, aprendiendo quechua, aprendiendo a decir Wayquicha de ese gran hermano que conocí, David, sinceramente gracias, siempre serás mi amigo.

Llegó el año 2011, regreso a dicha región para conocer los países de Argentina y Uruguay, en donde tuve una gran conexión con el Río de la Plata. Aprendí el gran dicho de Joaquín Torres García: el sur es nuestro norte. Teniendo la lección de que nosotros como mexicanos no debemos olvidar de dónde venimos, ir de la mano con el futuro, sin perder nuestra herencia cultural e histórica.

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Pasaron 3 años desde mi última visita a Sudamérica, y en mi mente siempre pasaba el pensamiento de que quería volver, sin embargo, por muchas circunstancias no podía hacerlo, hasta que en 2014 por fin pude regresar; está ocasión a la ciudad de La Paz, Copacabana y la Isla del Sol en el lago Titicaca.

Bolivia me sorprendió en todos los aspectos, su riqueza de miles de años de cultura forman parte de una política de Estado que tanto se defiende en el mundo, defendiendo la madre tierra, la pachamama. Al recorrer la calles de la capital más alta del mundo vuelvo a tener esa sensación de haber estado aquí en otro momento, cómo explicarlo, cómo saberlo, no lo sé, simplemente lo siento fuertemente en el corazón, en el alma, al escuchar los vendedores de comida, al observar la herencia inca, los rostros de su gente, la mirada de sus ojos.

Al llegar a la Isla del Sol, tomando una embarcación desde el pueblo de Copacabana, mi curiosidad despierta más, ¿dónde estoy? ¿qué hay en esta isla? ¿qué tanto misterio se encierra en ella? cuenta la leyenda que aquí partieron los dos fundadores del imperio inca: Manco Cápac y Mama Ocllo, siento una brisa que calma mi respiración, mi agitación a la falta de aire.

Continuando por los senderos de la historia, del saber y del autoconocimiento, me preguntó ¿estás aquí?, escuchando el viento a través de un árbol, con lágrimas en los ojos confirmo lo siguiente: ¡Dios vive en los andes!

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Al llegar a mi cabaña, fui recibido por un grupo de niños de origen aymara, quienes expresaban e irradiaban felicidad,; me abrazaron todos en grupo, no cabe duda que me encontré conmigo mismo dentro de la inocencia y la sonrisa limpia del corazón de los niños.

Cada vez que llego a estas raíces, siento como un abrazo tan cálido me llega hasta lo más profundo del alma; y cada vez que regreso a casa no puedo evitar llorar para expresar mi amor por esta región, porque al recorrer cada rincón de sus ciudades y  pueblos aprendo que la mejor filosofía en la vida es amar con todas tus fuerzas, tener un nivel más alto de consciencia.

Sin duda, he aprendido que el ser rico no implica tener las cosas más lujosas o más caras, el ser rico implica ser una persona llena de principios, haciendo el bien por los demás; al ver las ventanas del alma de cada uno de sus habitantes nos hacen ser uno sólo, porque somos uno, un sólo planeta con mil millones de corazones latiendo.

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Es por ello que Sudamérica la amo con toda intensidad, porque cada país tiene algo que contar, algo que decirnos, algo del que aprender. Muchas gracias Quito, muchas gracias Lima, muchas gracias Cusco, muchas gracias Iquitos, muchas gracias Santiago, muchas gracias Buenos Aires, muchas gracias Montevideo, muchas gracias La Paz, muchas gracias Atacama y su cielo estrellado, my God…..it´s full of stars.

Cada sabor, aroma, sonrisa, corazón, alma, paisaje, ciudad, pueblo, me hacen sentir que yo también soy parte de él.

Sudamérica siempre estarás en mi corazón.

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