Colaboraciones

Francia no es sólo París: Breve viaje por Marsella y Lyon

Francia no es sólo París. También tiene pueblos medievales, playas y ciudades costeras, montañas nevadas y campos de vino y lavanda.

Recientemente hice un viaje que combinaba arquitectura, historia, cultura y  gastronomía, un episodio más de Gordos por el Mundo que incluía en el menú de varios tiempos museos, un mar y dos ríos: Marsella y Lyon.

Preludio: el vuelo de mis sueños

Por fin llegó el día y después de 33 años de vida se me presentó la oportunidad de volar en business class, y si el destino era Francia qué mejor que con Air France. 

Me habían dicho que la comida abordo era como cenar en un restaurante parisino -comentario que tomé con extremo escepticismo- pero como siempre el tiempo se encargaría de poner las cosas y los pensamientos en orden. 

Siempre exclamaba cosas envidiosas como “Ay es lo mismo” “Como para qué gastar más” “Qué elegancia la de Francia” y terminé comiéndome mis palabras -junto con las delicias que sirvieron durante el vuelo. 

El asiento, además, se convertía literalmente en una cama. Yo dormí 8 horas consecutivas hasta que la voz sensual del piloto -en francés- me despertó. 

Capítulo I: Marsella, tanto en tan poco tiempo. 

Después del aterrizaje en el Aeropuerto Internacional de París Charles de Gaulle tomé un tren rumbo al sur de Francia. Gran sorpresa me llevaría al darme cuenta que mi boleto reservado era para otra fecha, así que mi añorada clase ejecutiva se convirtió en un viaje-polizonte y mi refugio por las próximas 5 horas en un banquito incómodo de la cafetería jajaja. No me quejo, los paisajes y el atardecer desde la ventana fueron “extraordinarios”.

(Ah, lo olvidaba. Me acompañaban y me acompañarían durante los próximos días Max St Romain y Adrien Charbonnier).

Por la noche llegué a mi hotel, el fabuloso Intercontinental Marseille -un antiguo hospital restaurado en el centro de la ciudad- y sucumbí ante el cansancio de una odisea -sin duda hermosa- pero aparentemente interminable. 

La mañana siguiente, después de desayunar, lo primero que hicimos fue caminar hasta el Vieux Port (Puerto Viejo) -a 5 minutos del hotel- y deambular entre los puestos de pescado fresco que se ponen todos los días desde muy temprano. Marseille huele a mar y a mercaderes. 

Después continuamos la marcha entre las estrechas calles del centro, enmarcadas por casas de colores suaves -las voces de sus seres provenzales- y las persianas de madera por donde constantemente se asomaban cabezas de gatos y de personas. 

Cerca de medio día volvimos al hotel para degustar en su restaurante Les Fenêtres algunos de los platillos típicos de la ciudad, incluyendo una malteada de pescado  muy particular: La Bouillabaisse Milkshake. 

Tras un largo lunch y una interminable sobremesa de risas y tres lenguas fuimos a visitar el Museo de las Civilizaciones Europeas y Mediterráneas. 

Tiene una expo temporal muy interesante -Island Time- basada en las islas del mundo y su relevancia en la literatura y el imaginario colectivo (me compré un libro cartográfico muy bonito) pero lo más cool de este museo es su diseño y arquitectura. 

El cubo central del Museo está conectado con otras construcciones (como el Fort Saint Jean) a través de puentes peatonales, que al cruzarlos, ofrecen una vista panorámica de la ciudad. 

Poco antes del atardecer tomamos un taxi para que nos llevara hasta la cima de Notre-Dame de la Garde -la guardiana todopoderosa de Marsella- y justo cuando estábamos por entrar a la Basílica, nos cerraron la entrada en las narices con una puerta medieval levadiza -la clausura era a las 6.30 pm.  

Fue así que cansados y algo decepcionados con nuestro error de novatos viajeros volvimos al hotel a descansar y bañarnos antes de salir a cenar. Era viernes y la tentación de probar la vida nocturna en Marsella era un poderoso aliciente. Sin embargo, la cena terminó por ser un inclemente sedante que me convenció de refugiarme mejor en la cama. 

Capítulo II: Lyon, un secreto que no lo es.

Amaneció muy nublado y con un fuerte viento en Marsella. La ciudad nos quiso despedir con su temido mistral -ese viento del noroeste que de vez en cuando azota las costas del Mediterráneo. 

Nuestro siguiente destino era Lyon, la cuna de la gastronomía francesa y la así llamada pequeña París, por su símil arquitectura. 

Ya a bordo del tren, esta vez en nuestros lugares reservados, conocimos a Selene, una entretenida belga y a su tierna perrita Hindi. No dejó de hablar hasta que las bocinas anunciaron nuestro inminente arribo a Lyon -la señora, no la perrita jajaja (ni que estuviera yo loco).

El taxi que tomamos en la estación de trenes nos tuvo que dejar a unas cuantas cuadras de nuestro hotel, nuevamente el Intercontinental, porque hubo “Manifestation pour le climat” (cambio climático y calentamiento global) como en varios países del mundo. 

Una vez instalados, pasamos un par de horas en un sofisticado mercado, el Halles Grand Hotel Dieu, que combina la historia centenaria de varios artesanos culinarios franceses con la Francia moderna. 

En este lugar puedes encontrar al mejor carnicero de la ciudad, y empresas familiares de chocolate, queso y pan. Aprovechamos para comer ahí, y tomar una cata de vinos y charcutería locales. 

Contentos, con la barriga llena, partimos rumbo al Musée des Confluences que presume una arquitectura geométricamente vertiginosa -tanto me recordó la Fundación  Louis Vuitton de París. 

Tiene una sala de fósiles, meteoritos y esqueletos mastodónticos; una expo de insectos del mundo; y hasta una expo temporal de sombreros multiculturales. El lugar es fantástico, quizá mi edificio favorito de todo el viaje. 

Cerca del atardecer volvimos al hotel y tras un justo descanso fuimos a cenar al lugar más “lyonnais”: un “bouchon” como de película francesa con espejos, mesas románticas y toda la cosa. 

Al terminar hicimos “bar hopping” en la iluminada Rue Mercière y nos fuimos a dormir, apenas pasada la medianoche.

Por la mañana, me encontré con Max y Adrián en el lobby del Hotel.  La luz del sol entraba diagonalmente por los grandes ventanales de este edificio, que también solía ser un antiguo y prominente hospital ¿On y va? (nos vamos) les pregunté, y partimos juntos a desayunar a uno de los mercados más populares de Lyon: Les Halles Paul Bocuse. 

Este Don Monsieur, es una celebridad en Francia y en el mundo, impulsor de la “Nouvelle Cuisine” es por muchos considerado el mejor chef del siglo XX (Disney Pixar se inspiró en él para el Chef Gusteau de Ratatouille). 

Después de dar un tour por todos sus puestos de comida nos sentamos a tomar un café allongé y un pain au chocolat. 

De regreso al hotel, caminamos un poco por la riva del Río Rhone y cerca de la una llegamos al restaurante Epona para el lunch. 

En la tarde, Max y yo atravesamos el segundo río de la ciudad -el Saona- y nos fuimos a un circuito gastronómico al Vieux Lyon (el centro antiguo) con sus preciosas casas medievales y renacentistas al pie de la colina Fourvière. 

Se nos unió al tour una pareja de australianos que se maravillaban de todo y terminamos siendo muy buenos amigos. Durante unas tres horas conocimos la historia y las leyendas de este barrio, caminamos por sus “traboules” (pasajes entre los viejos edificios) y probamos algunos de sus tesoros culinarios como su miel con especias, su vino tinto “Beaujolais Nouveau”, sus quesos y embutidos, y esos chocolates que vienen en un elegante cojincito verde de seda: Los Coussins de Voisin. Ah también acabamos hartos de la deliciosa pero empalagosa Praline (almendra garapiñada de color rosa) que al parecer se la echan a todo. 

Al final, bajo un cielo sin estrellas, volvimos al hotel, mojados por una intensa lluvia de despedida.

Capítulo Final: París sin fotografías (casi). 

Le dijimos “Adieu” a Lyon con un café bajo el duomo del hotel -de más de 30 metros de altura (donde solía ser la capilla del viejo hospital). Hoy es uno de los bares más amados en el corazón de la ciudad. 

Nos dirigimos a la estación de trenes y dos horas después, escuchamos por las bocinas del vagón el preámbulo de nuestro naufragio parisino: “Nous sommes arrivés à votre destination finale: Paris Gare de Lyon”. 

Dentro de la estación hay un restaurante maravilloso que se llama Le Train Bleu, un tesoro bien conservado y  viviente de la Belle Époque. 

De allí nos nos fuimos al mágico hotel Le Saint París que se encuentra en un punto intermedio entre el Puente de las Artes y el Museo de Orsay, en el precioso barrio de Saint-Germain-des-Prés. 

Al entrar al lobby me encontré con Cassandra de la Vega y Reno Rojas quienes acababan de llegar -provenientes de Bordeaux- de otro viaje alternativo por Francia. 

Después de un baño rápido y una mirada por el balcón de los techos grises de París, me puse pantalones por primera vez en el viaje y nos fuimos a  Champs-Élysées al famoso Cabaret Lido y a su nuevo espectáculo musical Paris Marveilles. Tiene un elenco de grandes artistas y de mujeres casi perfectas con piernas de marfiles paquidérmicos que bailan entre las luces del escenario como si de un sueño se tratara. 

Con trajes brillantes y en su mayoría topless con los senos más perfectos que uno podría imaginar dieron un magnífico show mientras nosotros cenábamos a tres tiempos. Es hipnótico y fascinante. 

Terminando el show volvimos al hotel caminando; y mientras atravesábamos el Pont Des Arts Cassandra nos detuvo “Faltan dos minutos para el espectáculo de luces de la Torre Eiffel”. Nos sentamos en una banquita, y como una pareja romántica -de 4- vimos juntos el titileo de ese gigante de acero por unos minutos, con música de Yann Tiersen en los oídos y lágrimas en los ojos (bueno a decir verdad solamente lloró Reno; era su primera vez en París). 

Los siguientes dos días los pasaría solo en la capital francesa para tomarme unas vacaciones “instagrameras” y disfrutar mejor de la ciudad sin tomar fotos ni compartir nada. El resultado fue tan relajante, que pienso hacer este ejercicio terapéutico más seguido. 

El viaje a Francia llegó a su fin un jueves, breve pero intenso, fresco, dulce, efervescente como una copa de champaña.  París es una de las ciudades más hermosas del mundo y a muchos les basta con conocerla para darse por bien servidos. 

Sin embargo Francia trasciende su capital con cientos de lugares más para visitar. 

Nosotros tuvimos la fortuna de ir a dos ciudades con mucha historia y gran tradición culinaria. Marsella creció a partir de su puerto marítimo, y Lyon lo hizo a los costados de sus dos ríos. 

Marsella te sabe a sal y pescado, a mercado ambulante, a vino blanco de Cassis; Lyon te sabe a chocolates y embutidos, a mercados gourmet y a tinto de Beaujolais. 

Marsella y Lyon se caminan con hábil ligereza, con fascinación avasalladora-con la boca abierta- con ganas de quedarte ahí por siempre  entre la belleza de sus iglesias, sus edificios, sus arboledas y su gente. 

De verdad, hay que explorar Francia más allá de París, acabarse la suela de los zapatos en la calle y en los museos; comer y beber con gracia en sus terrazas, en sus “bouchons” y “brasseries”; despertarse muy temprano y acostarse muy tarde, que hay tan poco tiempo y tanto que disfrutar. 

Sobre el viaje aéreo Air France sigue siendo una de mis predilectas de siempre (ve ofertas aquí)  y dentro de Francia el tren es siempre puntual, cómodo, rápido y panorámico (mientras a ellos no se les ocurra hacer alguna de sus huelgas, o a ustedes equivocarse de fecha al comprar sus boletos jajaja). Si van a viajar mucho en Francia o a otros países de Europa saquen su Eurail. 

Para más fotos de este viaje visiten mi cuenta de @manumanuti y la de @gordosxelmundo; y finalmente si quieren saber tips sobre ciudades francesas encuentran muchos aquí en el Blog o en el canal de Alan por el Mundo; también en la Guía de Viajes de Air France y en la de Atout France.

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Manu Espinosa

Manu Espinosa Nevraumont (@manumanuti) es consultor de marketing, Instagram storyteller y runner. Freelancer desde hace 3 años, se dedica a crear contenido para marcas y a documentar sus viajes, solo o con otros creadores de contenido, a través de sus fotografías y sus crónicas escritas.

Las comunidades con las que tiene mayor relación e interacción están en México y Latinoamérica; y aquellas personas interesadas en viajes, running y fotografía.

Es colaborador permanente de @alanxelmundo, con quien creo la cuenta foodie de Instagram @gordosxelmundo y también trabaja para la organización Nomad Republic, especializada en viajes con causa y turismo regenerativo, con proyectos en México y en todo el mundo.

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