Texto: Armando Cerra @dossomos_dos
Fotos: Mónica Grimal @photo_mgrim
¿Conocen Petra? Ojalá que sí. Pero aunque no la hayan visto con sus propios ojos, no nos cabe duda que si escuchan su nombre les viene a la cabeza la imagen típica de esta joya de Jordania. Aunque no hayan estado, la inmensa mayoría la recuerdan gracias a revistas, páginas web, post de viajeros a los que siguen, programas de televisión o simplemente por los carteles de las agencias de viajes de su ciudad.
Saben que les espera el icónico edificio llamado El Tesoro esculpido en la roca roja. Una imagen tan poderosa y hermosa que por sí sola anima a emprender el viaje. Y desde luego, les anticipamos que cuando estén ahí será tal y como lo han soñado. No decepciona. De hecho supera las expectativas, porque su magia es tan fuerte que sobrecoge. Saben lo que les aguarda, pero ni se imaginan las sensaciones que genera.

Hemos preguntado entre viajeros expertos y todos estamos de acuerdo. Poquísimos lugares del mundo poseen el poderío del Tesoro de Petra. ¡Al contemplarlo por primera vez es capaz de dejarnos petrificados y boquiabiertos! Durante unos segundos es imposible dejar de mirar esa fachada de un edificio tallado en la roca hace dos mil años. Ahí, quietos y asombrados, se comprende porque es una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.
Semejante efecto se debe a su belleza, ¡indudablemente! Pero también aporta muchísimo el modo de alcanzarlo. Se llega a través del Siq, que es un camino a través de un angosto desfiladero. Adentrarse por ese reino de rocas caprichosas es la mejor introducción posible a Petra. Con cada paso nos sumergimos en los misterios del pasado.

Por momentos parece que nos encierra. Hay tramos donde no se ve la salida, ni se intuye el cielo sobre las cabezas. Eso multiplica su atracción. Es inevitable sentirse un auténtico viajero que goza del camino y no solo del destino. El calor, los colores y las sensaciones evocan a los exploradores de antaño. Algunos tan célebres como el suizo que redescubrió Petra hace más de 200 años.
Fue Johann Ludwig Burckhardt, un aventurero con una vida de película. Aunque corta ya que murió con 33 años de disentería en El Cairo. Una desaparición prematura pero una vida plena. Fue él quien contempló por primera vez las estatuas de Ramsés II en Abu Simbel o disfrazado de mendigo logró entrar a La Meca, ciudad prohibida para los infieles.

Igualmente llegar a Petra fue una peripecia memorable. Lo hizo, tras vivir un tiempo en Oriente Medio. Se cambió el nombre, hablaba árabe y, de forma fingida o no, se convirtió al Islam. Y durante esa larga estancia había oído hablar de una maravillosa ciudad excavada. Pero nadie le decía donde estaba, ya que la palidez de su rostro generaba desconfianza. Aún así, simuló ser un peregrino y convenció a un beduino para que le desvelara el enigma. A cambio le juró que nunca desvelaría el secreto y la verdad es que cumplió, ya que Burckhardt visitó Petra en 1812 pero su hazaña no se conoció después de su muerte.
Hagamos el ejercicio de imaginarlo atravesando ese desfiladero de rocas casi fantasmagóricas y sin saber que le esperaba al otro lado. Y de pronto en un resquicio de luz, vería al fondo la espectacular arquitectura del Tesoro. Sin duda, se quedaría tan boquiabierto y petrificado como los turistas de hoy. O mucho más, ya que él no tenía ni idea de lo que le aguardaba.

Revivir esa época y esos viajes míticos es una capacidad que tiene Petra. Es algo que sentiréis en el Siq y cuando os deslumbre el Tesoro. No seréis conscientes, pero tardaréis más de lo habitual en sacar vuestro teléfono para hacer fotos. Y aquí va un consejo, cuando por fin echéis la mano al celular, resistid un poquito ese impulso. Dejad que el lugar os siga hablando y empaparos de su misticismo. Pensad que jamás volveréis a verlo por primera vez.

La bienvenida es magnífica. Solo por ese momento ya compensa el viaje. Pero hay más. Mucho más. Basta con seguir la vía principal para descubrir otras maravillas como el gran teatro de gradas talladas en la roca. Un teatro con un aforo de más de 5.000 personas. Y a un paso aguardan las ruinas del Gran Templo, el espacio a cielo abierto más colosal de la ciudad.

Si bien, los emblemas de Petra son sus edificios excavados. La gran mayoría concebidos como enterramientos, como el propio Tesoro que pese a su apariencia de templo en realidad fue una gigantesca sepultura. Igual que ocurre en el área de la Tumbas Reales que es otra de las zonas espectaculares de la ciudad.

Hay más enclaves memorables como el Monasterio o el Altar de los Sacrificios. Por eso, es aconsejable ir sin prisas y al menos durante dos días. Porque el sitio requiere paladearlo con pasión y también con imaginación, reconstruyendo mentalmente el ambiente del pasado. Por ejemplo, fantaseando con el tráfico que habría por la actual Avenida de las Columnas que se construyó en tiempos de la ocupación romana, cuando Petra alcanzó su esplendor pero también comenzó su lento declive hasta ser abandonada y olvidada.


Por suerte hoy la podemos gozar. Pero por favor, hacedlo caminando. Olvidad los camellos, caballos o burros que ofrecen los lugareños. Es evidente que sufren maltrato animal. Así que llevad buen calzado, crema solar y agua para recorrer con calma la ciudad. Hacedlo al ritmo de otra época, respirando su aroma de leyenda. Sufriréis el calor del desierto, respiraréis el polvo de la historia y os cansaréis por esos viejos caminos. Pero en todo momento sentiréis que estáis en una visita obligada para cualquier trotamundos. Los buenos viajeros viviréis un momento muy especial, y cuando salgáis de Petra enfilando el regreso por el Siq, notaréis un cosquilleo que solo significa una cosa: ¡Ya tenéis ganas de volver a experimentar esa sensación mágica!




































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