Por: Adriana Muela
Hay días en el calendario que pasan desapercibidos, pero hay otros que, si hacemos una pausa, pueden decir mucho más de lo que parecen. El Día Internacional del Libro es uno de ellos. No es solo una fecha para hablar de lectura, es una oportunidad para preguntarnos qué lugar ocupan los libros en nuestra vida. Esta fecha, celebrada cada 23 de abril, no es casual. Fue impulsada en 1995 como una forma de rendir homenaje a los libros y a sus autores, pero también de promover el acceso a la lectura. El día coincide simbólicamente con la muerte de grandes figuras de la literatura como William Shakespeare y Miguel de Cervantes, lo que refuerza su valor cultural a nivel mundial. Pero más allá de la historia, lo interesante es lo que hacemos hoy con esa fecha.
Porque leer no siempre empieza como un hábito. A veces empieza como refugio, como compañía, como una forma de entender lo que no sabemos nombrar. En mi caso, los libros no llegaron como una obligación, llegaron como un espacio, un lugar donde podía detenerme, cuestionarme y sentir sin prisa, y con el tiempo, sin darme cuenta, se volvieron parte de mi manera de habitar el mundo. Y es que el libro, a lo largo de la historia, ha sido una de las herramientas más poderosas para mantenernos en contacto con otras voces. Aunque ha cambiado de forma, de materiales y de tiempos, ha conservado algo esencial: la posibilidad de acercarnos a lo que otros pensaron, sintieron y vivieron en otras épocas. Gracias a los libros, la experiencia humana no se pierde del todo; permanece, dialoga y sigue encontrándonos. Quizá por eso leer enriquece tanto la vida: porque nos permite ir más allá de nuestro propio tiempo y de nuestra propia mirada.

amenic181 / 123RF
Cuando leemos, somos capaces de llevar la mente a un viaje interminable donde vamos creando nuestros propios colores, nuestros propios momentos, nuestros propios sentimientos. Leer es alcanzar a otros, es poder conversar con quien escribió, con quienes lo han leído y con quien decides compartirlo. Como bien lo dijo Emily Dickinson: “Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro”.
También hay algo en el objeto que no se puede ignorar: la magia de sentir el olor de sus hojas, la textura entre las manos, el regalo silencioso de cada portada. El poder tomarlo en cualquier momento para continuar, para regresar o para concluir, genera una sensación muy particular, casi íntima, donde solo tú y esas páginas existen. Los libros se convierten en espacios de conversación interminable; lo que comienza en unas páginas puede acompañarte toda la vida.

Hoy, más que celebrar, me gusta pensar en lo que hacemos con lo que leemos, en cómo los convertimos en puentes o, a veces, sin darnos cuenta, en barreras. Leer no nos hace mejores personas, pero sí nos deja sin pretexto para no cuestionarnos, y quizá ahí está su verdadero valor. Porque leer no debería ser un lugar desde donde nos sentimos más, sino un espacio desde donde podemos encontrarnos. Para mí, la lectura también es una práctica, no solo de conocimiento, sino de conciencia, de aprender a detenerme, a observar, a cuestionar lo que leo y también lo que pienso. Porque ahí es donde la lectura deja de ser individual y se vuelve significativa, cuando lo que lees no se queda en ti, sino que transforma la forma en la que miras y en la que eliges.
Celebremos que la historia está escrita en páginas interminables, que cada vez que un libro sale a la luz es una oportunidad de descubrir algo que antes no estaba en nosotros y que, gracias a la lectura, podemos registrar, comprender y atesorar. Date el tiempo de leer con intención, pero sobre todo de leer para ser parte de la evolución de la historia.





































Añadir comentario