Por: Adriana Muela
Cuando pensamos en un viaje familiar, generalmente imaginamos destinos cómodos, fáciles de recorrer y, de alguna manera, conocidos. Por eso, pensar en un viaje por África, por países como Ruanda, Tanzania o Kenia, de entrada puede sonar a una experiencia mucho más salvaje, incómoda y aventurera, llena de matices. Seguramente todos tenemos una fotografía en la mente de lo que significa estar ahí: enormes extensiones de tierra, animales caminando en libertad, árboles, agua, montañas cubiertas por una vegetación de un verde intenso y horizontes que parecen no terminar nunca. Pero una cosa es imaginarlo y otra muy distinta formar parte, aunque sea durante unos días, de un ecosistema tan fascinante.
Existen libros relacionados con estos lugares y quiero dejar algunos a lo largo de este recorrido porque sigo creyendo que leer sobre un destino es una maravillosa manera de acercarnos a él y comenzar a viajar incluso antes de llegar. Sin embargo, mientras pensaba en África y en lo que podría significar para una familia decidir conocer lugares como Ruanda, Tanzania o Kenia, encontré algo todavía más profundo: las manadas.

Observar cómo se desplazan los elefantes, cómo conviven leones, cebras, jirafas y tantas otras especies en territorios inmensos, o cómo los gorilas forman grupos y protegen a sus crías, inevitablemente despierta nuestra curiosidad. En esos paisajes donde todo parece salvaje existe, al mismo tiempo, un complejo equilibrio entre convivencia, protección y supervivencia. Y quizá ahí esté una de las razones más poderosas para considerar un viaje así en familia: salir de nuestro propio hábitat para observar y comprender otras formas de vida.
En Tanzania podemos acompañar esta mirada con El santuario de los elefantes, de Nativel Preciado, una novela que lleva a un grupo de personajes adinerados hasta África con intenciones bastante alejadas de la contemplación. Detrás del viaje existen negocios turbios, dinero y el deseo de apropiarse de parte de sus riquezas. Pero la expedición termina convirtiéndose en algo muy distinto y pareciera que la propia África se rebela contra la frivolidad y la codicia de quienes llegaron creyendo que podían disponer de ella. La protagonista más generosa y sensible es quien consigue escapar de lo que la novela llama “la maldición de los elefantes”.
Me gusta pensar en esa historia mientras imagino a una familia frente a una manada de elefantes. El ser humano ha intentado apropiarse, modificar y dominar territorios durante siglos, pero encontrarse frente a estos animales en su propio hábitat puede recordarnos algo elemental: aquí nosotros somos los visitantes. Conocer estos lugares con nuestros hijos también puede significar enseñarles —y recordarnos nosotros mismos— que descubrir un territorio no significa conquistarlo, sino aprender a entrar en él con respeto.
Pero, sin duda, en un recorrido por esta parte de África no podemos dejar de lado a los gorilas de montaña de Ruanda. Hay algo en la fuerza y vitalidad que transmiten que resulta difícil explicar hasta que los imaginas dentro de esas montañas cubiertas por una vegetación de verde intenso. Y para acercarnos a ellos antes o después de un viaje existe un libro imprescindible: Gorilas en la niebla, de Dian Fossey.

Fossey dedicó años al estudio de los gorilas de montaña de los Virunga y su libro va mucho más allá de una investigación científica. Es también el relato de una mujer empeñada en observarlos, comprenderlos y luchar por su conservación. Acercarse a ellos no era sencillo: había que seguir sus movimientos, aprender a reconocer individuos y pasar largas horas observando sus comportamientos. Sus notas y fotografías ayudaron a acercar al mundo a estos grandes primates y a llamar la atención sobre la fragilidad de su futuro.
Y quizá ahí esté lo verdaderamente extraordinario de poder observarlos en su hábitat: entender que no necesitan parecernos humanos para fascinarnos. Los gorilas de montaña tienen estructuras sociales, formas de comunicación, jerarquías y vínculos propios de su especie que investigadores como Fossey dedicaron años a estudiar. Poder contemplarlos a cierta distancia, moviéndose entre la vegetación de las montañas de Ruanda, puede convertirse en una de esas experiencias que cambian nuestra manera de mirar la naturaleza. No se trata de encontrar en ellos un reflejo de nosotros, sino de comprender que estamos frente a otra especie, con sus propias formas de habitar, relacionarse y sobrevivir, y que nosotros somos apenas visitantes en su territorio.
Y todavía nos queda Kenia. Aquí llevaría dos libros en la maleta porque muestran dos maneras completamente distintas de acercarse al mismo territorio. El jardinero fiel, de John le Carré, comienza con el asesinato de Tessa Quayle cerca del lago Turkana y sigue a su marido, Justin, diplomático británico y aficionado a la jardinería, en una búsqueda que termina revelando una trama mucho más grande. La novela nos aleja por un momento de la imagen del safari para mostrarnos otra Kenia, atravesada por personas, intereses, desigualdades y contradicciones. Porque viajar también significa entender que un país nunca puede reducirse a los paisajes que aparecen en nuestras fotografías.

Pero si existe un libro capaz de transmitir la fascinación por esta tierra es Memorias de África, de Isak Dinesen, seudónimo de Karen Blixen. La autora llegó a Kenia en 1914 y permaneció allí hasta 1931, una experiencia que terminó convirtiéndose en uno de los grandes relatos literarios vinculados con el continente africano. Sus páginas recorren su vida en una plantación de café y hablan de las colinas de Ngong, de animales como leones, rinocerontes, elefantes, cebras y búfalos, pero también de las personas con las que compartió aquellos años: europeos, somalíes, kikuyus y masai.
Y aquí volvemos al viaje. Los masai forman parte de la historia y la identidad cultural de regiones de Kenia y Tanzania, y encontrarlos también nos recuerda que estos territorios no son solamente grandes escenarios naturales habitados por animales. Son lugares con comunidades, tradiciones, lenguas e historias propias. Memorias de África pertenece, además, a una época y a una mirada europea que hoy podemos leer también desde esa distancia histórica, algo que puede abrir otra conversación familiar: quién cuenta los lugares, desde dónde los cuenta y cuánto cambia nuestra percepción cuando escuchamos otras voces.
Quizá por eso África pueda ser uno de esos viajes familiares que no parecen tan evidentes cuando comenzamos a hacer una lista de vacaciones, pero que terminan ofreciéndonos algo difícil de encontrar en otros lugares. Podemos llegar atraídos por los elefantes, los leones, las cebras o los gorilas y descubrir un territorio mucho más complejo: ecosistemas extraordinarios, culturas, comunidades y maneras de relacionarse con la naturaleza que amplían nuestra mirada sobre los lugares que visitamos.

Y todavía está todo aquello que ningún libro puede terminar de contarnos. Recorrer estos territorios en esos vehículos que tantas veces hemos visto en reportajes y fotografías debe ser una experiencia única, porque aquí hasta un árbol solitario puede convertirse en protagonista. Mirar desde el cielo la inmensidad del paisaje y descubrir leones, cebras y otras especies moviéndose por él; encontrarse con los colores intensos de la ropa de sus habitantes, sus trabajos artesanales, sus joyas y distintas formas de entender la vida. Podemos acercarnos a una parte de todo ello a través de estas recomendaciones literarias, pero estar ahí debe ser otra cosa: un instante capaz de robarte el aliento, donde aquello que entra por los ojos por momentos parece convertirse en poesía.
Al final, nosotros también viajamos en manada. Y aunque recorramos juntos los mismos caminos, contemplemos el mismo horizonte y aparezcamos todos en las mismas fotografías, cada integrante de la familia habrá hecho un viaje diferente. Porque cada viajero llega al mismo territorio con su propia historia y, por eso, nunca regresa exactamente igual del mismo lugar.

Así que sí, quizá África sea ese viaje familiar que no habíamos pensado poner tan pronto en la lista y que vale la pena comenzar a imaginar. Y si Ruanda, Tanzania o Kenia están entre tus próximos destinos, adentrarte desde ahora en alguno de estos libros puede ser una buena manera de comenzar la conexión. Porque hay viajes que empiezan mucho antes de hacer una maleta: a veces comienzan simplemente pasando la primera página.



































