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Crónicas de un viaje de voluntariado a Wirikuta

En junio visit.org y Organi-k nos invitaron a un viaje de voluntariado a Wirikuta, en San Luis Potosí, México. Lo único que nos dijeron fue “acamparán en el desierto durante dos días, ¿se animan?

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Fotos por @manumanuti y @imjustafox

En junio Organi-k nos invitó a un viaje de voluntariado a Wirikuta, en San Luis Potosí, México. Como embajadores de Visit.org aceptamos la invitación, con el fin de conocer este proyecto, sin duda, muy diferente a los viajes que normalmente realizamos con ellos. Lo único que nos dijeron fue “acamparán en el desierto durante dos días, ¿se animan?

– Absolutamente.

Partimos del Huerto Roma a las 10.30 pm, nos esperaba una travesía nocturna de varias horas. No sabíamos mucho sobre el viaje, ni sobre nuestros acompañantes, pero cuando vimos pasar a uno de los pasajeros, Sergio, deambulando por el corredor con un incienso aromático y un cuarzo voluminoso, comprendimos el tipo de viaje que sería.

Me desperté en una autopista rodeada de un desierto páramo, doce horas después, lleno de cactáceas espinosas; giramos a la izquierda y atravesamos unas vías del tren. El autobús casi se queda como sube y baja durante ese intrépido pasaje. Continuamos por una camino árido, levantando polvo como en una tormenta de arena, hasta llegar a una casa donde hicimos escala y trasbordamos varias camionetas de batea.

El camino es como una serpiente de cascabel de tierra que surge entre las sierras. Don Juan, a un cierto punto tuvo que enfriar el radiador de su camioneta que fatigaba para subir a las casi veinte personas que nos amontonamos en su “troca”.

– Yo me encargo de llevar a las mujeres del pueblo a dar a luz al hospital más cercano, a una hora de aquí. Una vez le tuve que hacer de partero y me nació el niño en la camioneta.

El estado de la terracería era paupérrimo, tanto que uno de los vehículos ya no pudo subir con tanta población en su cuesta, y los pobres tuvieron que escalar a pies y manos, eso sí, con una sonrisa en su cara, solo atribuible a su indomable espíritu aventurero.

Lo primero que hicimos fue bajar las mochilas -había hasta un gallo metido en una caja de televisión, de esas que regaló el gobierno- y armamos el campamento, algunos a orillas de un barranco, lugar que nos protegía del viento y nos regalaba una vista espectacular de los valles potosinos, y otros en la tele secundaria a unos metros de ahí.

Arturo y yo nunca nos hemos caracterizado por ser exploradores experimentados, estaba seguro que los otros viajeros harían apuestas sobre el tiempo límite de nuestra supervivencia. Gracias a The North Face México porque nos proporcionaron un par de sleeping bags, una tienda de campaña y una mochila, y solo por eso logramos salir avantes con el reto.

Todos moríamos de hambre, algunas señoras de la comunidad de El Salto, unieron esfuerzos y nos prepararon el desayuno: el “branch” (breakfast y lunch, en el rancho). En cualquier lugar de México, los desayunos más simples, suelen ser los más deliciosos: nopalitos, frijoles, tortillas hechas a mano, y de tomar té de cedrón, una hierba con olor a limón, típica de allí.

Después de comer subimos a la tele secundaria, y en lo que llegaban todos me puse a platicar con Don Arturo López.

– Mire usted, se llama igual que mi primo, solo que él es Arturo López Hernández.

– Pues yo tengo un hijo que se llama Arturo López Hernández.

– Pues entonces es usted mi tío y ese güero escuálido que ve ahí es su hijo perdido. Ambos nos reímos muchísimo por la casualidad.

Me habló sobre la comunidad de El Salto, su genialidad para sembrar en este lugar tan poco apropiado a través de jardines y parcelas en forma de terrazas. Me contó que vive de vender de todo en el mercado de Monterrey, esa noche de hecho partiría hacia la gran ciudad primero en burro y luego en camioneta con cajas llenas de semillas, hierbas, verduras, frutas, quesos que intentaría vender durante tres días antes de volver a casa el domingo.

Cuando estuvimos todos reunidos, armamos un círculo y nos tomamos de la mano. Lalo, Eddie, Flor, Ley, los organizadores del viaje, nos hablaron de este lugar tan especial.

– Wirikuta significa el lugar donde los dioses se ponen de acuerdo, es un lugar ancestral y sagrado, tierra de huicholes y peyote. Traten de sentir la energía de la madre tierra…

Después cada uno se presentó (éramos más de cuarenta personas), cada quién con su motivación muy particular.

– Yo vengo a ayudar…

– Yo vengo a sanar…

– Yo vengo a olvidar…

– Pues yo vengo a documentar, a tomar fotos y por supuesto a realizar las actividades de voluntariado. Yo nunca he sido ni religioso ni místico, sino humanista. Creo que entre las personas nos podemos y nos tenemos que ayudar. También amo la naturaleza y los animales. Si ven que les voy a tomar una foto, no posen por favor jajaja.

– Gracias por venir, los estábamos esperando. Dijo otro Don, detrás de un árbol.

Después de la dinámica de integración, tomamos picos y palas y comenzamos a descender el camino que un par de horas antes habíamos subido con la camioneta. Había demasiados hoyos y se estaba abriendo una brecha en el suelo. Con el pico rompíamos la piedra y ablandábamos la tierra, con la pala la transportábamos hasta las zonas dañadas y aplanábamos con golpes de canto.

Para algunos como yo, era nuestra primera vez. Al principio tomaba el pico y lo usaba violentamente, quizá producto de una influencia involuntaria de mi serie favorita, Game of Thrones, pero poco a poco, también con ayuda de los locales, perfeccioné mi técnica, al igual que con la pala. En los descansos, porque no teníamos suficiente herramienta y había que alternarnos, tomábamos fotos, y en una de esas escuché a la más pequeña de las voluntarias, habrá tenido unos 10 u 11 años, con una de las frases más maravillosamente atinadas del viaje,

– Mami, me encanta trabajar aquí.

Después de un rato, alguien tuvo la increíble atención de ofrecernos naranja fresca con chilito, y había siempre agua fresca para todos en un contenedor de café, de esos que usan en los desayunos godinez y en las conferencias. Fue aquí que me puse a platicar con “Checo”.

Sergio, nació con un pie más pequeño, pero tuvo la fortuna de tener unos padres que no lo trataron condescendientemente, sino todo lo contrario, le dijeron que era capaz de todo, que lo suyo no era una discapacidad. Sergio, recorre los caminos agrestes a diario con ayuda de un par de muletas, trabaja en construcción, se sube y se baja de las camionetas como cualquier otro; ese día excavó y picó como todos los demás, y ha jugado en equipos de varios deportes.

– La verdad, lo que más me gusta, es el baseball.

Después de algunas horas de trabajo, emprendimos el camino de regreso al campamento y nos recibieron con la segunda comida del día. El agua fresca de jamaica era justamente lo que necesitábamos para renovar los vigores después de aquella empresa, y todos nos sentamos a disfrutar del momento juntos, ya más relajados.

Fue en este momento del día que la naturaleza nos dio tres regalos excepcionales: una lluvia de gotas macroscópicas que nos obligó a refugiarnos bajo techo a algunos, mientras otros bailaban de alegría sin importarles nada; un arcoíris doble que unía como puente mágico dos montañas;  y unos minutos más tarde el atardecer de fuego, la caída del sol en Wirikuta, imperdible, incomparable, inolvidable.

Ya en la obscuridad de un cielo nublado, debido al viaje, al sudor y a la tierra, a Arturo y a mí nos urgía un baño. Don Arturo me había contado que Don Longino (esto ya parece un chisme de pueblo) tenía un calentador de agua solar y que ofrecía su baño a quién lo requiriera. Con la mochila al hombro llena de ropa limpia y una toalla, atravesamos el puente junto con otras tres nuevas amigas. Nos recibió un perrito miniatura y un cerdo monumental. También había cabras, un gato y un burro.

Al terminar el baño volvimos al campamento y nos encerramos en la tienda de campaña. Caímos rendidos a pesar de las pequeñas piedras en el suelo que se nos clavaban en el cuerpo.

Al siguiente día, las doñas del pueblo nos dieron los buenos días con un recalentado y un delicioso atole de pinole. Ya con los estómagos llenos, tomamos nuevamente las herramientas y retomamos el viaje, esta vez cuesta arriba.

Pasamos por la casa de Don Longino, donde había una cabra antiquísima encadenada a una piedra, y una pequeña cabrita desquiciada que nos acompañaría por un par de kilómetros. Todo mundo quería una foto con ella, el reto, por supuesto, era atraparla.

Nos detuvimos a descansar en un preescolar comunal, y mientras platicábamos un rato, nos pasábamos de mano en mano una botella de Coca Cola rellena de “Agua Miel” con hielos, justo lo que se necesitaba para enmendar el exceso de calor y la falta de sombra.

La misión de ese día no era sencilla; habría que excavar y darle mantenimiento a un pozo de agua que abastece los cultivos de varias comunidades. Llevaba cinco años sin limpieza, y un cerro deslavado la cubría casi por completo.

– Lo veo complicado.

Sin embargo, antes de terminar con mi decreto pesimista, ya había varios voluntarios con los pantalones arremangados hasta las rodillas adentro de la pila. Con arbustos tallaban el suelo y las paredes, mientras todos los demás, habíamos re comenzado con el mecanismo de pico y pala, esta vez más sincronizados y eficientes que el día anterior.

Entre risas y bromas, el buen humor contrastaba con el arduo trabajo, y eran más las ganas que el cansancio. Esta vez se unieron a nosotros niños y adolescentes de El Salto, quienes también nos ayudaron con la dura tarea de revivir ese manantial artificial.

A un cierto punto Arturo y yo subimos hasta la casa más alta y sacamos a Willy, nuestro drone. Cuando el pequeño artefacto se despegó del suelo para volar, varios niños abrieron los ojos, tanto, que no entendí cómo no se les desbordaron de sus cuencas.

– ¿Para qué es el avión? me preguntó uno de los niños.

– Para grabar todo lo que estamos haciendo.

Nota triste, este fin semana nos dimos cuenta que los videos de Willy desaparecieron de la memoria. Siempre nos suceden calamidades con él.

Volvimos a abajo a excavar, y así nos mantuvimos sin parar durante algunas horas. Llegaron unas personas a vendernos higos y chabacanos, los más jugosos, comprábamos bolsas y nos compartíamos todo con todos. También alguién sacó una sandía de no sé dónde, y Rafa, el recién bautizado “Cocodrilo Dundee” la partía en pedazos geométricos con su filoso machete.

De camino al campamento, nos pusimos a recoger la basura que encontrábamos a nuestro paso, entre los arbustos, junto a las casas. Llenamos varios costales con plásticos y uniceles, que de otra manera permanecerían en la naturaleza durante decenas de años sin desintegrarse. Más tarde Flor daría una plática ante varias familias de la comunidad, para explicarles la importancia de educar a sus hijos en los temas de basura, y de cómo una simple quema de plásticos puede hacer la gran diferencia.

Después de comer, dimos inicio a dos actividades muy importantes planeadas durante el día. Muchos de los voluntarios donaron ropa, así que se armó un bazar donde hombres mujeres y niños del pueblo podrían escoger la ropa que más les gustara, o la que necesitaran.

Por otra parte, se recaudaron también muchísimos juguetes, pero en este caso, para que la repartición fuera un poco más equitativa entre los niños y niñas, se organizó una rifa. El tema común de grandes y pequeños fue la sonrisa. Aunque debo admitir que mi parte favorita fue estar en el cuarto con todos los chavitos. Su cara inocente a la expectativa de descubrir cuál sería su regalo, y cuando llegaba el momento de recibirlo, la explosión de alegría en sus ojos y en sus gestos, los más bebés lo babeaban todo, y los más grandes tocaban los juguetes, una y otra vez, para verificar si todo eso era real.

Después de eso, subimos hasta la tele secundaria para recoger otro tanto de basura y quitar un poco de maleza del camino en medio de otro atardecer divino.

Minutos después, nos enseñaron a crear “ojos de dios”: una artesanía consistente en dos palos de madera acomodados a modo de cruz griega, y una urdimbre de hilos de colores. Cada quién podía escoger los tonos y las combinaciones.

El que más me trae recuerdos felices es Don Juan, a quién le salió un ojo realmente estupendo, tanto que no se lo podía creer él mismo.

– Te juro que nunca había hecho nada con mis manos, y me quedó re bonito. Lo voy a colgar en el espejo retrovisor de mi camioneta.

“Los ojos de dios” están destinados a ser una ofrenda, principalmente de agradecimiento, así que la mayoría los intercambiamos. El mío me quedó verdaderamente espantoso, así que se lo regalé a un pequeño niño, para que con el poder de su imaginación, lo transformara en un robot, un avión, o qué sé yo.

Esa noche hubo tamales, de queso y de frijol, cada quien se comió al menos cinco, aunque el más ganón fue un perro flacucho y maltrecho que se acercó a nosotros atraído por el olor de la comida. Después de un rato, pude ver al mismo canino, tirado en el piso con una barriga enorme.

– ¿Qué le pasó?

– Creo que se empachó, le di como diez tamales. Confesó Ley, profesando su amor por los animales, y a punto de llorar (como siempre).

El cielo estaba despejado, así que Arturo y yo nos fuimos a tomar fotos celestes, alejados un poco de las luces artificiales, hasta que dio inicio la fogata. Yo estaba muy cansado así que opté por irme a dormir a la tienda.

A la mañana siguiente amanecí con dolor de espalda, y descubrí que había dormido sobre una montaña. Una piedra enorme se había acomodado entre mis vértebras y así pasé toda la noche. Tomando el café había un pequeño grupo de valientes, que emprenderían el camino de tres horas a través de la sierra para llegar a Real de Catorce; su guía, un experimentado niño de El Salto, trepado sobre una mula.

Los demás mortales aceptamos la amable oferta de llegar en autobús. Después de un rico café de olla y un delicioso desayuno, compré un par de bolsas de víveres: pepitas de calabaza, pinole, queso fresco, chabacanos, higos… y una señora me regaló sus últimas ramas de cedrón, para mis tés del resto de la semana.

Levantamos el campamento, re hicimos maletas, y subimos todo a las camionetas de batea. Nos despedimos estrechando manos, uno que otro abrazo y un única letanía,

– Vuelvan pronto, por aquí los esperamos.

Nos trepamos a las camionetas, de a docena por vehículo, y el descenso fue como practicar un deporte extremo. Nunca tuvimos la sensación real de peligro, pero saltábamos, nos movíamos de un lado a otro, y se sentía un ligero vaivén todo el tiempo hasta que llegamos a la planicie. Por si fuera poco levantábamos tanto polvo que llegamos empanizados a nuestro autobús rojo que nos esperaba pasando la vía.

No nos detendríamos hasta llegar a Real de Catorce. Aquí, nuevamente tuvimos que transbordar a una camioneta (nos sentíamos como inmigrantes arriesgando la vida en el borde fronterizo). La única forma de ingresar al pueblo es a través de un túnel que atraviesa las montañas, todo es obscuridad, apenas alumbrado por esos focos naranjas tan típico de las minerías.

El lugar es espectacular, parece un sitio de otros tiempos, con fachadas de colores, puertas de madera curtida y muros de piedra de la zona. Lamentablemente era domingo, y todo se encontraba opacado por el comercio ambulante discriminado. Carpas y tiendas de mal gusto que contrastaban con la belleza del sitio. Vendían aceite de peyote, que al parecer lo cura todo, cuarzos y comida.

Aquí cada quién dio su vuelta, Arturo y yo dimos un recorrido rápido por la calle principal y por algunos empedrados paralelos. Comimos en una cafetería, de propietarios europeos (me disculpo de la generalización, pero no recuerdo su origen preciso), lo cual es muy típico en Real de Catorce: los latifundistas y hombres de negocios extranjeros.

Tomamos nuevamente el túnel, como un umbral, un hoyo negro, que te lleva del pasado al presente. Michel Colibrí aprovechó para poner su mercadito ambulante con artesanías, que casi todo mundo compró, y abordamos el autobús rojo por última vez. Doce horas hicimos nuevamente hasta la Ciudad de México.

Cuando arribamos, tomamos cada quién su maleta, su casa de campaña enrollada, y aún desconcertados por la odisea, comenzaron las tristes despedidas. Parece poco pero en dos días se forjaron buenas amistades, se habló de cosas importantes, también de broma (a Arturo en su versión vaquera lo re bautizaron “Nalgarito”) y todos regresamos más llenos, más completos.

El viaje fue muy diferente a lo que habíamos pensado, diferente bien. Todos fuimos a dar algo, a través del voluntariado, y regresamos más plenos. Felicidades a todas las asociaciones que se dedican a realizar este tipo de experiencias, un tipo de turismo responsable con las comunidades, con el ambiente, con las poblaciones locales, y con el mínimo impacto; como Visit.org que a pesar de no concentrarse en actividades de voluntariado, sí apoya a asociaciones civiles y ONGs en todo el mundo.

Gracias especialmente a los habitantes de El Salto, por la bienvenida tan calurosa, por las atenciones, por las lecciones de humanidad y de trabajo. Regresamos con dolor de espalda, y con callos en las manos, pero con un corazón colmado de fantásticos recuerdos.

Para más información sobre este tipo de viajes, visita la página de Facebook de Organi-K. Para saber cómo integrar experiencias de inmersión locales a tus itinerarios de viaje, visita  visit.org.

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Manu Espinosa

Manu Espinosa Nevraumont (@manumanuti) es consultor de marketing, Instagram storyteller y runner. Freelancer desde hace 3 años, se dedica a crear contenido para marcas y a documentar sus viajes, solo o con otros creadores de contenido, a través de sus fotografías y sus crónicas escritas.

Las comunidades con las que tiene mayor relación e interacción están en México y Latinoamérica; y aquellas personas interesadas en viajes, running y fotografía.

Es colaborador permanente de @alanxelmundo, con quien creo la cuenta foodie de Instagram @gordosxelmundo y también trabaja para la organización Nomad Republic, especializada en viajes con causa y turismo regenerativo, con proyectos en México y en todo el mundo.

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