Por: Adriana Muela
Un viaje que no terminó al volver a casa, sino entre las páginas de los libros que todavía me esperan.
Hay viajes que comienzan mucho antes de subir a un avión. Antes de despegar ya viajábamos. En la mesa de la casa, entre mapas, videos y conversaciones, cada uno había construido su propio Japón. Mis cuatro hijos soñaban con los trenes bala, la tecnología y el anime; mi esposo y yo queríamos descubrir su gastronomía, recorrer sus templos, entender cómo funcionaba su famoso transporte público y acercarnos a una cultura completamente distinta a la nuestra. Sin saberlo, todos volveríamos con un Japón diferente al que habíamos imaginado.
Lo primero que debo decir es que llegar hasta allá implica un pequeño reto. Las horas de vuelo y las quince horas de diferencia con México pasan factura. El cuerpo tarda en entender dónde está y durante algunos días el cansancio y el desfase horario son inevitables. Vale la pena saberlo antes de viajar para concederse el tiempo necesario para adaptarse y disfrutar realmente la experiencia.

Una vez superado el jet lag, apareció ese Japón que tantas veces había imaginado, pero también uno que no esperaba encontrar. Me sorprendió el silencio absoluto en el metro, en el tren bala y en los autobuses; la puntualidad con la que parece funcionar cada minuto del día; la extraordinaria calidad de la comida callejera; la dificultad de un idioma tan diferente al nuestro y la belleza de los templos sintoístas y budistas, donde el tiempo parece detenerse. Hay paisajes tan hermosos que las fotografías simplemente no alcanzan a hacerles justicia.
Pero hubo algo que llamó mi atención desde el primer día: la limpieza. No importa si caminabas por una gran avenida de Tokio o por una calle pequeña en Kioto, todo lucía impecable. Los baños públicos estaban sorprendentemente limpios, incluso aquellos ubicados en estaciones de tren o parques. Era imposible no preguntarse cómo lograban mantener ese nivel de orden.

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La respuesta la descubrimos muy pronto y, curiosamente, se convirtió en uno de los pequeños retos de cada día. En Japón casi no existen botes de basura en la vía pública. Están ubicados en lugares muy específicos, así que salir a caminar significaba asumir un desafío constante: ¿qué hacemos con la botella de agua, el vaso de café o el envoltorio de un snack? Más de una vez pensamos que ahora sí encontraríamos un bote… y nunca sucedía. Terminábamos cargando nuestra basura durante horas hasta regresar al hotel o encontrar un punto donde finalmente pudiéramos desecharla. Al principio desconcierta, pero después entiendes que la limpieza también nace de la responsabilidad de cada persona. En Japón descubrí que el orden no es solo una regla; es una forma de respeto hacia los demás.
Nuestro recorrido fue acompañado por una agencia de viajes y por distintos guías locales, y hoy puedo decir que fue una de las mejores decisiones. Más allá de llevarnos de un lugar a otro, ellos nos ayudaron a comprender un país que, desde fuera, suele parecer indescifrable. Durante los trayectos compartían historias sobre la vida cotidiana, el intenso ritmo de trabajo, el calor del verano japonés, la soledad que algunas personas llegan a experimentar y los desafíos de vivir en una sociedad donde la disciplina y el compromiso forman parte de la vida diaria. Sin embargo, todos coincidían en algo: seguían profundamente enamorados de Japón. A pesar de las exigencias laborales, hablaban de una calidad de vida que compensaba muchos sacrificios. Mientras los escuchaba, no pude evitar pensar que sería fascinante vivir una temporada ahí.

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Como amante de los libros, llevaba una curiosidad adicional. Había imaginado un país donde sería común encontrar personas leyendo durante sus trayectos en el metro o en el tren bala. Sin embargo, esa no fue mi experiencia. Durante los días que estuve en Japón no vi esa escena con la frecuencia que esperaba. Quizá los hábitos también han cambiado con el paso del tiempo o quizá simplemente coincidí con otra realidad cotidiana. Lo que descubrí fue que, en Japón, la relación con los libros no siempre es evidente a simple vista; hay que buscarla, igual que muchas de las cosas más valiosas que ofrece el país.
Y fue entonces cuando conocí uno de los lugares que más ilusión me hacía visitar: Jimbocho.
Hay un rincón de Tokio que todo amante de los libros debería conocer al menos una vez en la vida. En apenas unas cuantas calles se reúnen más de 150 librerías, convirtiéndolo en uno de los barrios libreros más importantes del mundo. Entre sus estantes es posible encontrar primeras ediciones, libros descatalogados, manuscritos antiguos, mapas históricos, grabados y colecciones académicas que difícilmente aparecerían en otro lugar. Caminar por Jimbocho no consiste únicamente en entrar a una librería tras otra; es recorrer siglos de literatura, historia y conocimiento. Ahí entendí que los libros también pueden convertirse en un destino turístico y que, para muchos viajeros, perderse entre sus estantes resulta tan emocionante como visitar un templo o contemplar el Monte Fuji.

Lo que más me llamó la atención fue comprender que, en Japón, las pasiones también parecen organizarse. Así como existe un barrio dedicado al anime, otro a la tecnología o uno más a la moda, también hay un espacio donde los libros son los protagonistas. Todo parece tener un lugar específico y ese orden, tan característico del país, termina formando parte de su identidad.
No regresé con ningún libro bajo el brazo. La mayoría estaban escritos en japonés y muchos otros en inglés. Me dijeron que también existen algunos ejemplares en español, pero el tiempo no fue suficiente para buscarlos. Tampoco pude visitar las enormes bibliotecas de Tokio, una de las cosas que más ilusión me hacía. Muy pronto entendí que viajar a Japón implica tomar decisiones. Hay tanto por descubrir que resulta imposible abarcarlo todo en una sola visita. Cada barrio parece un universo independiente, cada estación conduce a una experiencia distinta y cada día obliga a dejar algo pendiente para una próxima vez. Estoy segura de que regresaré y, cuando lo haga, quiero dedicar varios días únicamente a perderme entre bibliotecas, librerías y cafés donde los libros forman parte del paisaje.
Durante ese viaje descubrí una palabra japonesa que me acompañó de regreso a casa: tsundoku. Describe la costumbre de comprar libros y dejarlos esperando en los estantes antes de leerlos. Durante mucho tiempo pensé que era una manera elegante de hablar de los pendientes, pero hoy prefiero entenderla de otra forma. Quizá una biblioteca no sea únicamente el registro de lo que ya hemos leído, sino el reflejo de todo aquello que todavía queremos conocer. Cada libro sin abrir es una conversación futura, una posibilidad, una versión de nosotros mismos que aún no existe.

Yo no regresé de Japón con una maleta llena de libros. Lo que sí traje conmigo fue una enorme curiosidad. Volví queriendo leer sobre los samuráis, entender quiénes fueron los shogunes y cómo moldearon la historia del país, conocer más sobre Hiroshima, descubrir el verdadero papel de las geishas y profundizar en el sintoísmo y el budismo. También regresé con ganas de acercarme a la literatura japonesa. Entender un país a través de sus escritores es otra manera de recorrerlo, así que autores como Haruki Murakami, Yasunari Kawabata, Banana Yoshimoto o Sayaka Murata se quedaron anotados en mi lista de próximas lecturas. Comprendí que hay viajes que no terminan cuando aterriza el avión; simplemente cambian de formato y continúan entre las páginas de un libro.
Hoy sé que algún día abriré cada uno de esos libros y volveré a caminar por las calles silenciosas de Tokio, recorreré otra vez sus templos, recordaré el desafío de cargar mi basura durante horas y sonreiré al pensar en Jimbocho, ese barrio donde los libros parecen tener una ciudad propia. Quizá ese sea el verdadero sentido del tsundoku: entender que algunos libros no llegan para ocupar un espacio en un librero, sino para recordarnos que siempre existe un nuevo viaje esperándonos.
Porque, al final, viajar y leer se parecen mucho más de lo que imaginamos. Ambos comienzan con curiosidad, nos obligan a mirar el mundo con otros ojos y terminan transformándonos. Hay destinos que se quedan en un álbum de fotografías. Japón, en cambio, decidió quedarse en mi lista de próximas lecturas.

Comprendí que algunos países no terminan cuando los abandonas; simplemente continúan entre las páginas de un libro.
Si algún día decides viajar a Japón y los libros también forman parte de tu vida, reserva unas horas para perderte en Jimbocho. No intentes recorrerlo con prisa. Entra a las librerías más pequeñas, hojea libros aunque no entiendas el idioma, observa cómo los japoneses cuidan cada edición y, si el tiempo te lo permite, visita alguna de sus grandes bibliotecas. Descubrirás que Japón no solo se conoce caminando por sus calles; también se entiende entre las páginas de sus libros.
Y creo que esa es la mejor manera de volver.




































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