Colaboraciones

La Italia volcánica 

No hay en este mundo un volcán como Stromboli. Lleva más de dos mil años en erupción continua. Ha mantenido el fuego encendido durante tanto tiempo que, a pesar de todos  los cambios que ha vivido el mundo, sigue sorprendiendo y erizando la piel. Viajar al sur de Italia para recorrer Stromboli y el Etna es mucho más que visitar dos volcanes activos. Es descubrir dos maneras completamente distintas de entender la  montaña y la relación que las personas construyen con ella. 

La única forma de llegar a la isla es a través de un barco, el trayecto dura  aproximadamente dos horas y media, navegando por el mar Tirreno. Stromboli es una isla muy pequeña, con apenas 500 habitantes. La última erupción  importante ocurrió en 2019. 

No se permiten automóviles y el único transporte que encontrarás son motocarros de tres  ruedas y carritos de golf eléctricos. Solo hay un par de supermercados con horarios muy  limitados. 

Las calles son tan estrechas que, si estiras los brazos, puedes tocar ambas paredes. Todo  está rodeado de buganvilias, con el volcán siempre al fondo. 

Solo pude quedarme un par de días porque no encontré hospedaje. Ese es el detalle más  importante que debes tomar en cuenta: reserva con varios meses de anticipación. Durante  el verano es muy difícil y caro, encontrar alojamiento, ya que la oferta es bastante  limitada. 

Las playas son de arena volcánica negra y, en ocasiones, puedes ver ceniza flotando sobre  el agua. 

Para subir al volcán contraté un recorrido con Magmatrek, una empresa con guías locales  y certificados. 

La caminata comienza en el centro del pueblo y poco a poco abandona las calles angostas  para adentrarse en la montaña. Durante el recorrido, el guía va mostrando la flora y la  fauna de la isla y hace varias pausas para responder preguntas. 

La mayor parte de la explicación fue en italiano, ya que el 90 % del grupo era local.  Aunque también hablaba inglés y francés, predominaba el italiano. Aun así, siempre  estuvieron dispuestos a traducir cuando alguien lo necesitaba. 

La ruta tiene una dificultad media-alta. Las subidas son largas y el terreno volcánico exige bastante. Si, además, vienes de caminar durante días por Roma, probablemente sentirás  que te quedas sin aliento. 

Stromboli entró, sin duda, en mi lista de lugares favoritos. Sobre todo porque sentí que  cada habitante llevaba la tierra volcánica entre los huesos. Cuando hablan de Stromboli,  les sale amor y fuego por la boca. ¡Qué días tan bonitos! ¡Qué lugar tan impresionante! En cambio, la experiencia en el volcán Etna, ha sido muy distinta. Catania, es la ciudad  más volcánica que vi, esta justo a los pies del Etna, desde cualquier punto de la ciudad,  Etna esta al fondo. Aún así, me pareció una ciudad cansada, una ciudad que habla del  volcán como un objeto, como algo que puede venderse con facilidad. Esa sensación me  confundió. Subir al Etna terminó siendo una de las experiencias más desagradables que  he vivido en la montaña. 

Sentí que alrededor del Etna todo estaba pensado para vender la montaña, más que para  acercarse a ella. La información es confusa y escasa. Si el objetivo es controlar el turismo,  siento que no se está logrando. 

A la cima llegan quienes pueden pagar los elevados precios de las empresas autorizadas,  mientras que quienes viajamos desde el otro lado del mundo para conocer de cerca el  volcán más activo de Europa nos quedamos prácticamente sin alternativas.

Si como yo, no tienes la opción de rentar un ato, la única forma de llegar al refugio es contratar un taxi privado por más de 100 euros, solo de ida. Ninguna empresa opera desde  Catania. Es decir, aunque pagues un guía, tendrás que llegar al volcán por tu propia  cuenta. Después, subir a la parte alta implicaba pagar otros 120 euros por un recorrido  en grupos de treinta personas o más. 

El guía que me tocó iba constantemente detrás de mí, apresurándome porque quería  terminar cuanto antes. Incluso lo escuché decir: “Yo no quería venir.” Me pareció muy  triste. 

Además, Protección Civil cerró el acceso a la cima, a pesar de que no había actividad  volcánica visible. Incluso algunos de los propios guías comentaban que la decisión no  tenía mucho sentido. Muy poca claridad en los comunicados publicados por protección  civil.  

La última opción debido a que la cima estaba cerrada, fue hacer un trekking de seis horas  entre antiguos cráteres y coladas de lava que dejó la gran erupción de 2002. Como montañista y senderista, y después de tantos kilómetros recorridos en la montaña,  lo que vi en el Etna me pareció preocupante. La misma sensación la viví en febrero en el  Pico de Orizaba y la observo constantemente, incluso a través de redes sociales, en lugares  como el Volcán de Fuego. 

Volví de Italia pensando mucho sobre nuestra manera de visitar las montañas del mundo. ¿Cómo protegemos una montaña sin volverla inaccesible? ¿Cómo permitimos que las  personas la conozcan sin convertirla en un producto? 

No tengo la respuesta. Solo sé que la naturaleza necesita protección, pero también necesita  que quienes la visitamos podamos conectar con ella desde el respeto, no desde el  consumo.

Quizá este sea el mayor reto del montañismo y del turismo de naturaleza, encontrar un  equilibrio entre conservar estos lugares y permitir que sigan despertando el asombro de  quienes recorremos miles de kilómetros para conocerlos. 

Porque un volcán no es una atracción turística. Es un paisaje vivo.

Karla y Paco

Soy Karla, la mamá de Paco (un pequeño chihuahua). Nací y crecí en Aguascalientes, México. Comunicóloga de profesión.

Escribo diarios desde muy pequeña, me gusta ayudar a mi memoria a no olvidar, siempre he pensado que recordar es importante aunque vivir el momento es esencial.

Llevo 8 años viajando con mi perrito Paco.

Estudié en España y México y he trabajado en distintos lugares del mundo.

Me gusta la escritura y todos los días intento practicarla. Amo esa sensación de vivir la vida para contarla y leerla para volver a vivirla.

Ahora escribo mi primer libro de viajes con Paco y uno de mis deseos más grandes en la vida es no perder nunca esa sensación de ir hacia nuevos caminos, directo a lo desconocido, sentirme vulnerable y sentirme viva.