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Chachalacas, Veracruz, la playa de mi vida

¿Se han sentado en el borde del fin del mundo a contemplar la inmensidad, apretar con los puños cerrados la arena tibia, sentir el esgrima del viento en la cara, las mil batallas de sal, escuchar las música de las olas, llenas de mar, y respirar, respirar profundo la eternidad, para sentirse inmortales tan solo un par de segundos? Yo sí.

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Alguna vez escribí:

¿Se han sentado en el borde del fin del mundo a contemplar la inmensidad, apretar con los puños cerrados la arena tibia, sentir el esgrima del viento en la cara, las mil batallas de sal, escuchar las música de las olas, llenas de mar, y respirar, respirar profundo la eternidad, para sentirse inmortales tan solo un par de segundos? Yo sí.

Pues esto solo lo he hecho en un lugar, en Chachalacas, Veracruz. Quizá soy muy poco objetivo al hablar de las bondades de este pequeño pueblo costeño, pero es que si redactaran mi biografía en este momento, la playa de mi vida sería justamente esta. Aquí pasé la mayoría de mis veranos, mis semanas santas y mis años nuevos durante toda mi infancia.

Ubicada sobre el Golfo de México, sus playas se dan de besos directos con el Océano Atlántico, y no solo; en este pequeño tesoro natural se encuentra un estuario, el punto mágico en el que el mar se junta con el río, de manera casi indistinguible, y dando lugar a un ecosistema rico en flora, fauna y enamorados.

Del lado del río Actopan existen lancheros que te llevan a dar paseos naturales a lo largo de sus manglares; los locales o los visitantes recurrentes ya tienen a su “gondolero” tropical de confianza. En estos paseos puedes admirar distintas aves como garzas blancas de patas largas, algunos reptiles como las iguanas gigantes, y quizá uno que otro cocodrilo tímido. Los lirios flotan en la superficie del río, y se mueven lentamente, al ritmo cadencioso de los seres que no tienen prisa, con cangrejos diminutos que se aferran a sus raíces.

También hay paseos más lúdicos, en los potentes jet skis o en la célebre banana reboteadora, donde la caída de todos los navegantes será inevitable. Los pilotos en estos lares aprendieron perfectamente las leyes de Newton en la secundaria de la vida.

Del otro lado del estuario, el mar. No es un mar cinematográfico como el de Baja California; ni el azul, casi verde, vibrante y cristalino del Caribe. Más bien es de un azul obscuro, terroso, casi color arena. La marea aquí sufre de bipolaridad, habrá veces que unas olas furibundas revuelquen a los desconcertados nadadores, y otras en que la parsimonia de las aguas asemejará a una alberca infinita, y la corriente se convierta en una caricia.

A lo largo de la Playa existen palapas que ofrecen comida del mar, pescados como la mojarra frita, ostiones obtenidos desde el punto más profundo en las cercanías, mariscos frescos en un coctel con salsa de Mirinda, unos camarones al mojo de ajo, y otras delicias de las profundidades, que probablemente fueron pescados esa misma mañana.

En la playa habrá gitanas que querrán cobrarte algunas monedas para cantarte tu fortuna, o carritos bicicleteros con preparados de Coco y Ginebra o de Piña y Ron, o simplemente una caguama (cerveza) fría.

Si continúas el camino hacia el Norte, a lo largo de la costa, encontrarás algunas casas y hoteles, y tu paciente andar te llevará hasta encontrar una fortaleza colosal: Las majestuosas dunas del Savanal, que se extienden como un desierto sin límites aparentes. A pie, o en cuatrimoto, escala estas montañas pulverizadas por la brisa y el tiempo, la vista desde arriba, te robará el aliento y se convertirá en un recuerdo maravilloso para todo la vida.

Si decides caminar por la planicie de la playa, voltea siempre hacia abajo, buscando caracoles bien conservados, o esqueletos de galletas de mar, blancas color hueso, y con el dibujo de una flor en el centro. El mar varía su temperatura a lo largo del año, pero es casi siempre fresca y reconfortante como el beso tibio de un ser querido. Volando en formación delta verás muy seguido a los pelicanos, aves carroñeras alimentándose de los pescados muertos, y a las reinas de la playa, las Chachalacas, dando pequeños saltos sobre la arena, y escapando frenéticas de su propia sombra.

Así es Chachalacas, no es la mejor playa del mundo, pero sí mi playa favorita, a la que más nostalgia le tengo, y a la que más anhelos le dedico.

¿Dónde está?

A 50 kilómetros al norte del Puerto de Veracruz, en el Golfo de México.

¿Dónde hospedarse?

Existe un Airbnb sobre la playa, a un costado de las dunas, que es donde siempre me hospedo con mis amigos: https://www.airbnb.com/rooms/11625540?guests=1&s=69RPRj05 Si no, hay muchos hoteles en todo el pueblo.

¿Dónde comer?

Cualquiera de las palapas a lo largo de la playa ofrecen muy buena comida, pero mi favorito es Los Compadres, casi en frente de la entrada principal de los Toboganes de Chachalacas.

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