Colaboraciones

Delft y la misteriosa Joven de la perla

Texto: Armando Cerra  @dossomos_dos
Fotos: Mónica Grimal  @photo_mgrim

Los mejores viajes siempre empiezan antes de poner el pie en el destino. Preparar el viaje va más allá de buscar alojamiento o contratar desplazamientos, se trata de sumergirse en lo que nos aguarda lejos del hogar. Y no penséis que la única forma es leyendo guías de viajes o consultando blogs repletos de datos. Hay más maneras de comenzar a vivir el destino antes de llegar. Por ejemplo, nosotros antes de aterrizar en Delft, pequeña ciudad de Zuid-Holland (Holanda del Sur) nos sentamos en el sofá y vimos una película.

Ahí aparecieron Scarlett Johansson y Colin Firth convertidos en la sirvienta Griet y el pintor Vermeer, personajes del libro La joven de la perla escrito por Tracy Chevalier y llevado al cine por el director Peter Webber. Y aunque es verdad que gran parte de la cinta se filmó en estudio y que apenas aparecen exteriores, eso no impide que se transmita la atmósfera que define a Delft.

Embebidos de ese ambiente, decidimos que antes de Delft visitaríamos La Haya. No por conocer el Palacio de la Paz que alberga la Corte Internacional de Justicia, ni para acercarnos a la playa de Scheveningen con su muelle plagado de atracciones. La razón era entrar al Museo Maurithuis donde se expone un cuadro pequeñito en dimensiones y gigantesco en belleza. Es la intrigante Joven de la Perla que pintó Vermeer en 1665 y que tantísimos años después encarna la Johansson. 

Posiblemente sea la obra maestra de este pintor, cuyo nombre siempre se une a Delft, su ciudad natal que rara vez abandonó y que trasladó a algunos de sus lienzos. De hecho, sin salir del museo vimos otra obra famosa de Vermeer: Vista de Delft. Una especie de postal barroca que nos llega desde mediados del Siglo de Oro holandés para invitarnos a visitar ya nuestro destino. 

Desde La Haya basta con subir al tren o al tranvía y en apenas 20 minutos se llega al corazón de Delft. Y rápidamente se capta la idea de hallarse en la típica ciudad de cuento del norte de Europa. Viendo la película y las pinturas de Vermeer, se obtienen las claves para gozar de un sitio donde lo importante es la calma y los detalles, como en su cuadros. Tal vez alguno penséis en mimetizaros con los locales y recorráis Delft en bici, el transporte rey en Países Bajos. Pero os aconsejamos olvidaros de los pedales. Mejor pasear por sus callejas empedradas junto a los canales, para ir pintando vuestro viaje con la misma lentitud que usaba Vermeer en sus óleos.

Durante la caminata tranquila hay mucho que contemplar y más aún si como Mónica andas a la caza y captura de imágenes. Atravesando los puentes repletos de flores, veréis desde un relajado vendedor de libros usados hasta podréis ser un poco voyeurs asomándoos a los ventanales sin cortinas que siempre hay en las casas flamencos.

También entraréis a tiendas de diseñadores locales y negocios turísticos en los que no falta la tradicional cerámica azul y blanca que ya se elaboraba en tiempos de Vermeer y que se sigue fabricando del mismo modo. Además de que no podréis resistir la tentación de probar alguno de los típicos quesos holandeses.

Y cuando os canséis de caminar. No hay problema porque no faltan bares en los que repostar. Por ejemplo, es posible reponer fuerzas en tabernas flotantes. O quien prefiera tierra firme que acuda a la Beestenmarkt, que con el buen tiempo es un salón repleto de sillas para tomar una cerveza, y en invierno se convierte en la pista de hielo de la ciudad.

Caminando surgen lugares históricos como la Iglesia Nueva (no tanto, ya que se empezó en el año 1.300). Este templo tiene un colosal campanario de más de 100 metros de altura y justo enfrente  se encuentra el antiguo Ayuntamiento. Un edificio que ha tenido varios usos y que incluso fue pasto de las llamas. ¡Visitadlo! Por sus bellos salones protocolarios y para descubrir que posee un espeluznante Museo de la Tortura que evoca lo crueles que podían ser antaño.

No acaba aquí el patrimonio de Delft. Merece la pena andar hasta el Molino de Ross, el único que todavía resiste. O hay que acercarse hasta la puerta el Este rodeada de canales. Así como buscad el punto desde el que Vermeer pintó la vista de la ciudad que vimos en el museo de La Haya. Para eso tendréis que ir al cruce de las calles Zudeinde y Hooikade. ¡Atención, deberéis echarle imaginación, porque el panorama urbano ha cambiado mucho desde el año 1660, cuando se pintó el cuadro!

Esta no es la única forma de rendir tributo a Vermeer durante vuestro viaje. En la Oude Kerk, es decir, la Iglesia Vieja está enterrado el pintor. Lo recuerda una sencilla placa. Tal vez se os olvide lo que pone en ella, pero lo que recordaréis es la visión de la torre inclinada del templo. Permanece en ese amenazador equilibrio desde que se construyó hace más de 700 años.

No obstante el gran homenaje al pintor es visitar el Vermeer Centrum Delft. Ahí se exponen réplicas exactas y a tamaño natural de casi todas sus obras. Casi cuarenta, ya que Johannes Vermeer no fue excesivamente prolífico, entre otras cosas por su desesperante lentitud y extraordinario perfeccionismo. Para admirar los originales habría que viajar por diversas ciudades de Europa y América. Curiosamente en su ciudad natal no hay ningún cuadro salido de las manos del artista, pero sí están las copias digitales.

O sea que el Vermeer Centrum Delft no es un museo propiamente dicho, pero es lo más visitado de la ciudad. Y desde luego es el mejor sitio para comprender el mundo creativo de este genio del barroco. Porque junto a las obras, se recrea el taller del pintor, su instrumental, sus pigmentos, sus pinceles y hasta la “tecnología” del siglo XVII que usaba para su trabajo. Y también hay espacio para comprender su influencia actual gracias a la misteriosa Joven de la perla. Por lo tanto, todos los que empecéis este viaje a Delft viendo la peli de Scarlett Johansson y Colin Firth, tal y como hicimos nosotros, debéis culminar el itinerario en el Vermeer Centrum.

Armando y Monica

Mónica Grimal y Armando Cerra
Moni y Armando, Armando y Moni, tanto monta monta tanto. Ella con sus cámaras y él con sus libretas, juntos llevan kilómetros y kilómetros de viaje. Al principio con el único afán de disfrutar del momento, descubrir otros lugares y sobre todo conocer gente distinta e interesante. Pero desde hace unos cuantos años sumaron otro objetivo más: contar sus experiencias y divulgarlas en revistas y webs viajeras de un lado y el otro del Atlántico. Porque son españoles, pero tienen un largo vínculo con Latinoamérica.

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