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Las Siete Luminarias, el lado más desconocido y místico de Guanajuato

El camino por Valle de Santiago, en Guanajuato, engaña a la vista. Mientras manejas por el Bajío, rodeado de los clásicos campos de cultivo, el suelo de pronto se hunde para revelar enormes depresiones en la tierra. Algunas esconden lagunas, otras albergan sembradíos enteros y un par lucen como paisajes sacados de otro planeta.

Se trata de Las Siete Luminarias, un Área Natural Protegida conformada por siete volcanes inactivos. Geológicamente, son cráteres de tipo maar (es decir, se formaron hace miles de años por explosiones brutales cuando el magma subterráneo chocó con mantos acuíferos).

Sin embargo, en la cultura popular, son famosos por otra razón: los siete cráteres (La Alberca, Rincón de Parangueo, Hoya de Álvarez, Hoya de Cíntora, Hoya de San Nicolás, Hoya Blanca y Hoya de Solís) guardan una alineación casi idéntica a la constelación de la Osa Mayor.

Este capricho de la naturaleza ha sido el combustible perfecto para décadas de misticismo, historias de ovnis y luces extrañas en el cielo nocturno. Pero, leyendas aparte, el espectáculo geológico que ofrecen es uno de los secretos mejor guardados de México.

Rincón de Parangueo: un desierto blanco dentro de un volcán

Casi todas las visitas a Rincón de Parangueo empiezan cruzando un túnel oscuro de unos 470 metros de largo, excavado a principios del siglo XIX con la intención de extraer agua para regar los cultivos de la zona.

En nuestro caso, el tiempo nos jugó en contra y tuvimos que saltarnos el túnel para subir directamente al mirador en la parte más alta del cráter. Desde ahí arriba, la vista te descoloca. El interior del volcán (que mide unos impresionantes cuatro kilómetros de diámetro) no es verde ni rocoso, sino una inmensa explanada blanca salpicada por charcos de agua. Parece un desierto de sal.

Ese color blanquecino tiene una explicación científica fascinante: los estromatolitos. Son estructuras formadas por microorganismos que figuran entre las formas de vida más antiguas de la Tierra. De hecho, investigadores de la UNAM y otras universidades estudian este cráter para entender cómo se desarrolló la vida temprana y cómo estos organismos ayudaron a oxigenar la atmósfera del planeta.

Además de su valor biológico, las paredes y cavernas de Parangueo guardan un invaluable registro del pasado: pinturas rupestres y petrograbados de origen prehispánico. Estos trazos, elaborados en su mayoría con pigmentos rojizos, fueron plasmados por antiguos grupos nómadas y cazadores que encontraban abrigo en el cráter durante sus travesías.

Si prestas atención a las rocas, es posible distinguir diseños geométricos, cruces, figuras humanas (algunas sosteniendo lo que parecen ser lanzas o escudos) y representaciones de animales como el venado, que era la presa predilecta de los antiguos caminantes de la región.

Hoya de Álvarez: el cráter donde la vida sigue su curso

A pocos kilómetros de ahí está la Hoya de Álvarez, que rompe por completo con la idea de un terreno volcánico hostil o desolado. Aquí, la gente literalmente vive adentro del cráter.

Al igual que Parangueo, mide unos cuatro kilómetros de diámetro (y es parte de una depresión aún mayor de casi 20 kilómetros). Gracias a los manantiales y a la inmensa fertilidad de la tierra volcánica, la zona ha sido agrícola desde tiempos prehispánicos.

En esta visita nosotros decidimos bajar hasta el poblado para recorrer sus caminos rurales. Al estar ahí abajo, rodeados de casas, parcelas agrícolas y comunidades enteras, cuesta trabajo creer que estás parado justo en las entrañas de un volcán inactivo.

El contraste entre la vida cotidiana de la gente, el verde intenso de las milpas y los inmensos muros de piedra que rodean el valle interior, es una experiencia casi irreal.

Las otras cinco luminarias

Aunque en esta ocasión sólo pudimos visitar Parangueo y Álvarez, los otros cinco cráteres tienen su propia personalidad y vale la pena visitarlos:

  • La Alberca: Quizá el más famoso a nivel turístico; durante mucho tiempo albergó una laguna de aguas sulfurosas.
  • Hoya de Cíntora: Un punto clave para arqueólogos y curiosos gracias a su red de cuevas y pinturas rupestres.
  • Hoya de San Nicolás: Su paisaje cambia con las estaciones, ya que se llena con un lago que depende de las lluvias.
  • Hoya Blanca (o Hoya de Piedra): El cráter con la mayor altitud de todo el conjunto.
  • Hoya de Solís: Reconocida por tener un suelo ultra fértil, aprovechado hoy para el cultivo intensivo de hortalizas.

En Valle de Santiago siempre habrá alguien dispuesto a contarte que las cosechas gigantes o la energía del lugar tienen orígenes extraterrestres.

Pero la realidad es que Las Siete Luminarias no necesitan de alienígenas para impresionar. Es un territorio donde la ciencia pura, la historia prehispánica y las creencias de la gente conviven en el mismo espacio, demostrando que Guanajuato tiene mucho más que ofrecer más allá de sus callejones coloniales.

Miriam

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