Tú x el Mundo

Guatemala: el país que me reconectó con los cuatro elementos

Por: Cynthia Escobedo

A veces, los viajes que más te sorprenden son los que nunca planeaste demasiado.

Todo empezó viendo ofertas de vuelos. En realidad, estaba buscando un boleto por asuntos de trabajo cuando apareció una súper oferta a Guatemala. ¿Has escuchado esa frase que dice: “Todo lo que buscas también te está buscando a ti”?

Así fue como vi la posibilidad de subir el Acatenango y, sin pensarlo mucho, compré el boleto.

En ese momento estaba atravesando varios cambios en mi vida: la recuperación de una cirugía, un proceso de divorcio, un cambio de residencia y múltiples eventualidades que atender.

Es curioso. Yo, viviendo en la Riviera Maya, a diez minutos del mar, lo que más añoraba era ir a una montaña. Siempre he sentido que esos enormes bultos de tierra cubiertos de vegetación son como viejos sabios que te guían.

En medio de mi caos sentía que necesitaba demostrarme algo a mí misma. Un desafío físico y mental que me permitiera validar que no solo sobrevivía… sino que seguía más viva que nunca. Y así Guatemala fue la vía.

Desde el momento en que abordé el avión, comenzaron a pasarme cosas muy buenas: desde un cambio a un asiento preferente hasta una vista espectacular de la Reserva de Sian Ka’an.

Ya en Antigua Guatemala encontré gente bonita, como Don Genaro, el chofer del tuk-tuk, quien me llevó al mirador de Altamira y, con toda la amabilidad del mundo, me mostró el camino e incluso terminó tomándome fotos en esos spots tan instagrameables.

Ahí mismo tuve una charla con Pedro, quien me decía que su sueño era conocer Cancún. Qué ironía.

Él me dio varios consejos para el trekking al volcán. Entre ellos me dijo:
—Hará frío en la madrugada. Llévate una botella de Quetzalteca y brinda cuando llegues a la cima. Hice exactamente eso. Hay consejos que simplemente no se discuten.

La Antigua Guatemala tiene un encanto especial. Sus calles empedradas, la arquitectura colonial y ese aroma constante a café y chocolate en cada rincón hacen que esa ciudad rodeada de volcanes tenga una atmósfera difícil de explicar.

Después de un día aclimatándome a la altura, me sentía más que lista para iniciar el trekking de dos días.

Antes de continuar, debo decir que este artículo no busca darte tips para subir el volcán, porque de eso hay cientos de videos explicándolo todo, de la A a la Z. Solo quiero compartir lo que este viaje representó para mí.

Y sí, caminar hacia los volcanes Acatenango y Fuego no es para todos. En distintos momentos se vuelve incómodo y desafiante: por los cambios de clima, por lo empinado de la montaña, por la austeridad del campamento…

Pero así también es la vida, ¿o no? Con momentos incómodos y otros que simplemente te quitan el aliento.

Con cada paso entendía que estaba más cerca. Nos tomó poco más de cuatro horas subir desde La Soledad hasta el campamento y, al llegar, fue un enorme ¡WOW!

Afortunadamente, todo estaba completamente despejado. Las nubes quedaban por debajo de nosotros y tenía frente a mí las mejores vistas del Volcán de Fuego.

Nunca había visto un volcán haciendo erupción cada quince o veinte minutos. Escuchar el rugido de la tierra, ver las fumarolas, la ceniza, el fuego. Es brutalmente bello.

Al caer la noche, el frío y el viento golpeaban con fuerza, pero nuestro guía preparó chocolate caliente y encendió una fogata.

Disfruté muchísimo esa tarde junto a Mariano, de Guatemala, y Alexandra, de Colombia. Compartíamos historias de viaje mientras observábamos una erupción tras otra. Nos limpiábamos la ceniza del rostro, contemplábamos la luna llena, las estrellas… y seguíamos conversando.

Ya a medianoche, intenté dormir un poco. Fue muy incómodo. El suelo era duro y el frío calaba cada vez más. Solo lograba dormitar.

A las 3:15 de la madrugada nuestro guía nos despertó para iniciar el ascenso final hacia la cumbre del Acatenango. La mayoría no quiso ni moverse. Yo, honestamente, me moría de frío y estaba muy incómoda dentro de la cabaña.

Por un segundo pensé: “Allá afuera debe estar todavía peor… mejor aquí me quedo.” Un segundo después me di dos cachetadas de realidad.

Pensé:
“Siempre es mejor moverse que quedarse en un lugar incómodo.”

Sonreí. Qué tontería. Sí, justamente a eso había venido. Ya estaba ahí. A solo dos horas de la cumbre.

Así fue como únicamente siete personas, de un grupo de veintiocho, decidimos subir.

Veinte minutos después ya solo quedábamos cuatro. Tras hora y media de caminata comenzaron a aparecer los primeros rayos del sol. La vista era impresionante. Ciudades enteras despertando. Varios volcanes que ni siquiera recuerdo cómo se llamaban.

Y sí, el oxígeno escaseaba. Más que el dolor en las piernas, mi atención estaba puesta en no resbalar, porque el terreno era complicado. Y entonces… La cumbre. Una vista de 360 grados imposible de olvidar. Permanecimos poco tiempo arriba, pues existe toda una logística que respetar para no complicar el extraordinario trabajo que realizan los guías.

Con el cuerpo agotado, las rodillas destrozadas y el corazón completamente satisfecho, mis dos compañeros, Frankly, Frank y yo comenzamos el descenso.

Y si creías que ahí terminaba la aventura…
No.
Nada de ducha caliente.
Nada de descanso.

Tuve problemas con mi transporte y comenzó otra pequeña odisea en la que tuve que correr, perderme, recalcular la ruta, resolver y dirigirme a otro pueblo.

Fue toda una travesía llegar a Panajachel. Pero cuando vi la vista desde mi habitación solo pude agradecer semejante postal.

Y ahí, a las siete de la noche, después de cuarenta y ocho horas de movimiento constante, por fin tomé una ducha de agua caliente con vista a uno de los lagos más bellos del mundo, Lago Atitlán. 

Guatemala no solo me regaló paisajes impresionantes. Me regaló una nueva perspectiva. 

Entendí que el caos y la belleza pueden coexistir al mismo tiempo. Y que el equilibrio aparece cuando volvemos a conectar con lo esencial.

Con los cuatro elementos.

En el aire, mientras hacía parapente, sentí esa libertad que se parece a tener alas. A veces olvidamos que muchas situaciones cambian por completo cuando las observamos desde otro ángulo, por encima de nuestros propios hombros. Ahí, todo adquiere otro color. Parece otra dimensión.

En la tierra, caminando kilómetros entre montañas y carreteras que me recordaban mis raíces, comprendí que nuestra esencia nunca desaparece. Aunque nos perdamos por momentos, siempre hay algo dentro de nosotros que conoce el camino de regreso.

En el agua, contemplando el amanecer sobre el Lago de Atitlán, entendí que después del caos existe un proceso para sanar. Un proceso que necesita calma, silencio, paciencia… y aprender a observar.

Y en el fuego del volcán encontré un símbolo de fuerza, poder interior y espíritu vivo. Porque el fuego no solo destruye. También transforma.

Guatemala representó para mí ir hacia lo desconocido. Esa aventura que siempre he perseguido. 

Pero esta vez no viajé para salir de mi zona de confort. Si soy honesta, ya estaba muy lejos de ella.

Viajé para encontrar una adrenalina distinta. 

Este viaje me devolvió un poco de esperanza en formar parte de algo mucho más grande.

Y sigo aprendiendo, cada día, a…

Fluir como el agua.
Cambiar de dirección como el viento.
Volver a mi origen como una semilla en la tierra.
Y reconocer mi fuerza, mi valentía y mi espíritu… como el fuego.

Gracias, Guatemala.

Comunidad AXM

Añadir comentario

Haz click aquí para publicar un comentario